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LAS DIFERENCIAS Y LA ACTITUD DE LOS CÓNYUGES

No existen dos personas iguales en este mundo. El problema no está en ser diferentes, sino en la actitud que tengamos frente a lo diferente que somos.

Que los cónyuges tengan una actitud adecuada es imprescindible para aprender a manejar las diferencias. Las diferencias nos provocan serios conflictos cuando tenemos una actitud equivocada.

Es obvio que las diferencias que tiene una pareja pueden ser manejadas en forma diferente, todo depende de la opción que elija cada persona. Ni las diferencias, ni las diferentes armas que existen, ni los diferentes automóviles que hay son un problema, el problema está en alguien que los maneja inadecuadamente. Por ejemplo, el problema no es las armas sino las manos que las manejan. Un arma peligrosa puede estar en las manos de un criminal o en las manos de un policía. La diferencia la hace la persona y no las cosas. La diferencia la hacen las personas y no las circunstancias.

Quienes se proponen tratar de alcanzar la imposible meta de cambiar a la otra persona y transformarla a su imagen y semejanza, no sólo está perdiendo su tiempo y llenándose de frustración, sino que además está tratando de destruir aquello que caracteriza a una persona y está oponiéndose al deseo divino. No es el mandato, ni el deseo de Dios que nos casemos para que cambiemos y formemos a nuestro cónyuge a nuestra imagen. Dios no le dio un cónyuge para que demuestre, en una tarea de toda la vida, su habilidad para cambiar a los seres humanos.

Como alguien dijo: «Dios no creó a la mujer de los pies para que sea pisoteada, ni de la cabeza del hombre para que ella se enseñoree de él, sino de la costilla para que estén a la misma altura y en las mismas condiciones delante de Dios, aunque con roles diferentes».

Dios le dio una esposa para que sea su ayuda idónea. Dios dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo. Podemos desprender de la declaración divina que el hombre no fue diseñado para estar solo. Eso fue lo que Adán sintió cuando su compañía se componía exclusivamente de animales. Él se dio cuenta de que necesitaba «ayuda idónea». Estas palabras tienen un profundo significado. Para mí significa una ayuda especialmente diseñada para su necesidad única. «Dios le dio a la mujer todas las cualidades de la vida que le había dado a Adán», (Davis, John, Paradise to Prison: Studies in Genesis [Desde el paraíso hasta la cárcel: Estudios en Génesis], Baker Book House, Grand Rapids, Michigan, 1975, p. 78). Demostrando así que existe igualdad en el esposo y la esposa, pero a la vez le dio características diferentes y propias a cada uno de ellos para que se complementen el uno al otro.

El hombre no se diseñó para estar solo.

Dios nos hizo diferentes, todos lo sabemos, pero en la práctica no todos lo aceptamos. Creo que no es nada extraño el hecho de que estas diferencias equipan mejor a un sexo que al otro para determinadas tareas. Creo que también estamos de acuerdo en que las diferencias físicas tienen implicaciones en nuestras relaciones interpersonales. Dos hombres o dos mujeres, o un hombre y una mujer pueden tener una relación interpersonal cercana, pero una amistad romántica es privativa de un solo hombre y una sola mujer. Un hombre viviendo totalmente involucrado con un hombre, o una mujer con otra mujer, no importa cuán comprometidos estén, pervierten el deseo y mandato original de Dios.

Dios nos hizo diferentes y existe algo paradójico en esto, porque aunque las diferencias son indispensables para ayudarnos mutuamente, muchas veces ellas mismas son las que nos separan. Creo que a nadie le gustaría estar casado con alguien igual que uno.

Sabemos que Dios nos hizo diferentes y que estas diferencias tienen implicaciones positivas en nuestras relaciones interpersonales, ¿por qué, entonces, para algunos las diferencias se transforman en terribles barreras y amenazas, y para otros son el complemento de una necesidad? He descubierto que la gran diferencia que existe entre los que son amenazados y los que son bendecidos por las diferencias es la actitud que tienen frente a ellas.

Si concluimos que la diferencia está en la actitud de cada persona, es importante entonces que elijamos la actitud adecuada porque nadie puede hacerlo por nosotros. Debemos recordar que cada persona es responsable de su comportamiento y el comportamiento que tenemos es producto de las elecciones que hacemos.

Me pareció muy importante leer lo que un psiquiatra judío, el doctor Victor Frankl, dice sobre esto. Él dice que la persona «no está totalmente condicionada y determinada; determina por sí misma si va a ceder a una determinada condición o si va a enfrentarse a ella». Es lógico concluir entonces que quien vive amenazado por lo diferente que es su cónyuge, vive de esa manera porque ha elegido esa opción. El señor Frankl agrega que «cada ser humano tiene la libertad de cambiar en cualquier momento» (Victor, Frankl, Man’s Search for Meaning: An Introduction to Logotherapy [La búsqueda del hombre para el significado: Una introducción al Logoterapia], New York: Pocket Books, Inc., 1963, pp. 206–207).

Cada ser humano tiene la libertad de cambiar en cualquier momento.

No importa el pasado, no importa nuestro trasfondo, todos tenemos la posibilidad de enfrentar aquello que nos afecta y hacer los cambios necesarios. Si bien recuerdo la biografía del doctor Frankl, él estuvo sufriendo los espantos de un campo de concentración nazi y que pese a haber perdido a su familia, todas sus posesiones, su ropa y aun todo su cabello, con convicción declaró que todo puede ser quitado del ser humano, menos la actitud para seguir viviendo. Su determinación y actitud adecuada le llevó a convertirse en el médico del alto mando alemán.

Son precisamente las malas actitudes las que crean conflictos mayores en las relaciones interpersonales y somos nosotros y nadie más que nosotros los responsables de nuestras propias actitudes. Es nuestra actitud la que determina la clase de vida que vivimos. Podemos vivir constantemente amargados por el sufrimiento y las malas experiencias pasadas, podemos ver la vida color de rosa o cubierta de neblina dependiendo de la actitud con la que enfrentamos la vida.

El apóstol Pablo al escribir a los filipenses les exhorta a que tengan la misma actitud que tuvo Jesucristo. No existe otro modelo más digno de ser imitado que el modelo de Jesucristo. No ha existido persona que haya tenido que enfrentar circunstancias más difíciles y que haya tenido que vivir con personas más diferentes que Jesucristo. Cuánta diferencia encontramos entre Él y su propia familia, cuántas diferencias encontramos entre Su forma de ver la vida y la que tenían sus discípulos. Cuántas marcadas y radicales diferencias tenía Él con los religiosos de su época que intentaban encerrar a Dios en un sistema mecánico de ritos, repeticiones de oraciones prefabricadas, y gran cantidad de legalismos. Sin embargo, esas diferencias entre Jesucristo y los que le rodeaban no fueron un impedimento para mantener buenas relaciones interpersonales.

Si anhelamos vivir la vida con agrado, si anhelamos que nuestra vida conyugal y que el compartir la vida con alguien que es diferente a nosotros tenga un balance positivo, matizado de alegría y comprensión, debemos imitar la actitud de Jesucristo.

Si anhelamos vivir la vida con agrado, si anhelamos que nuestra vida conyugal tenga un balance positivo, matizado de alegría y comprensión, debemos imitar la actitud de Jesucristo.

En mis años de recorrer distintos lugares y estar en contacto con variedad de personas, me he dado cuenta de que una gran cantidad de personas piensa que la actitud es un sentimiento y muchos de ellos concluyen que morirán como nacieron. Me he dedicado a pensar si esto es real. Si fuera real, estaríamos libres de toda culpa cuando enfrentamos la vida con una mala actitud que nos lleva al constante mal genio, a vivir amargados o enojados. Pero, tengo malas noticias o tal vez buenas noticias para aquellos que piensan así. Todo hombre y mujer puede ser diferente y todos aquellos que conocen a Jesucristo, no sólo pueden, sino que son mandados a vivir como hijos amados de Dios.

Mientras los no creyentes pueden hacer serios cambios en su estilo de vida y ser personas dignas del más alto respeto, nosotros los creyentes somos nacidos de nuevo, somos regenerados, tenemos una nueva vida espiritual y con la ayuda del Espíritu Santo podemos andar en novedad de vida, tal como lo promete el Señor.

A fin de destruir algunos mitos que hemos aprendido a través de los años con respecto a la actitud, quisiera dedicar un poco de tiempo para considerar más profundamente este tema.

Venimos al mundo con una actitud predeterminada o elegimos la actitud adecuada

¿Elegimos la actitud que tenemos o estamos determinados a tenerla desde que nacemos? ¿Es verdad lo que algunos profesan que nosotros no podemos hacer nada con nuestras actitudes? ¿Es verdad lo que dicen algunos que si así nacimos, así vamos a morir? ¿Es posible aplicar a las actitudes de una persona el dicho que oía constantemente en Chile y que decía: «El que nace chicharra muere cantando»? ¿Es verdad lo que algunos piensan que no podemos cambiar las malas actitudes que nos han caracterizado por muchos años de nuestra vida? ¿Es racional la declaración que he escuchado de algunos malhumorados maridos que han dicho: «Así nací y así he de morir»? ¿Estamos obligados a seguir pensando toda la vida que por esas diferencias que tenemos nunca lograremos la armonía matrimonial?

Para poder responder todas estas interrogantes creo que es bueno examinar las Escrituras porque la realidad y la Biblia me han enseñado algo muy diferente de lo que piensan quienes declaran que nacemos ya determinados a tener la actitud que tenemos.

¿Es nuestra actitud una emoción o una elección humana?

He llegado a la conclusión de que nuestra actitud es determinada por la opción que elegimos y no por la emoción que tenemos. Es cierto que las emociones y las circunstancias que vivimos tienen una gran influencia en nuestras actitudes.

Hay personas que tienen la tendencia a pensar que porque se sienten mal o porque algo salió mal, tienen la justificación de tener una mala actitud. Pero cuando uno estudia e investiga la vida de las personas tiene que concluir algo diferente. Hay jóvenes y ancianos, pobres y ricos que viven constantemente amargados. He notado que hay hombres y mujeres, sanos y enfermos que viven llenos de ira, enojo y con constante mal genio.

He visto que existen padres, esposas, hijos y madres, solteros y casados que están llenos de rencor, en constante enemistad. Pero de la misma manera he observado que hay jóvenes y ancianos, pobres y ricos, hombres y mujeres, sanos y enfermos que viven con alegría y determinación, que disfrutan de su relación y amistad con otros. La única gran diferencia que he descubierto ha sido la actitud que cada persona tiene y la que ha elegido para enfrentar la vida.

La gran diferencia es la actitud que cada persona tiene y la que ha elegido para enfrentar la vida.

Mientras más leo la Palabra de Dios, más la amo pues está llena de realismo. Examinando la Biblia, no es difícil descubrir una gran verdad que es totalmente contraria a la creencia popular. Si usted estudia la Biblia descubrirá que la actitud no es una emoción que usted no puede manejar, sino una elección que tengo que realizar. Si fuera de otra manera, el apóstol no nos estaría ordenando imitar a Jesucristo. No seríamos exhortados a imitar la actitud de Jesucristo si no tuviésemos la capacidad de decidirlo. Si Dios nos lo pide, si Pablo lo manda, es porque estamos capacitados para elegirlo.

Por otra parte, es cierto que nuestras actitudes están influenciadas por nuestras emociones. Es muy fácil tener una mala actitud cuando por alguna razón estamos inundados de tristeza, angustia y resentimientos. Es muy fácil tener buenas actitudes cuando todo sale bien y la vida va viento en popa. Sin embargo, cada buena y mala actitud que usted tenga es el producto de su propia decisión. Esa disposición de ánimo que usted manifiesta exteriormente debe ser manejada por el individuo y no el individuo manejado por ese estado de ánimo.

La felicidad depende de la realidad que vivimos o de la actitud que tenemos

La forma en que vemos la vida está determinada por la actitud que elegimos y no por la realidad que vivimos.
Hay muchas otras cosas que uno descubre en las maravillosas enseñanzas de la Biblia. No sólo podemos notar que la actitud no es una emoción sino una elección, la forma en que vemos la vida está determinada por la actitud que tenemos. La actitud es como los lentes que nos ponemos. Si utiliza lentes amarillos, amarillo verá. Si usted elige un estilo de vida de mal genio y resentimiento, con ese cristal verá la vida.

Las malas actitudes producen nuevas diferencias o nos hacen ver aumentadas las diferencias ya existentes. Las malas actitudes son perjudiciales para la vida conyugal y los cónyuges con malas actitudes verán cualquier diferencia, por pequeña que ésta sea, como algo amenazante y destructivo para la relación familiar. La realidad en estos casos no es que las diferencias sean destructivas, más bien la mala actitud que elegimos por las diferencias que tenemos es lo que puede destruir un matrimonio.

Hay momentos en que las diferencias están trayendo serias dificultades a los matrimonios y para agravar más la situación, nosotros los hombres tomamos una actitud de terquedad. Sabemos que somos diferentes, no nos gusta que esto ocurra y por sobre ello determinamos que nada ni nadie nos hará cambiar y que los que deben cambiar son los demás.

Y para agravar más la situación, nosotros los hombres tomamos una actitud de terquedad.

Cuando tomamos una actitud errónea no queremos que nadie se atreva a tratar de movernos de nuestra posición. La persona que así actúa está pensando: «Estoy bien así, y así permaneceré. Así soy yo y si me aceptan así, bien, y si no lo lamento».

Lamentablemente y para el detrimento de una sana relación matrimonial, algunos actúan con una gran falta de entendimiento comunicando un absoluto desprecio por los sentimientos de su cónyuge. Lo más lamentable es que algunos se justifican diciendo que así nacieron y que así van a morir y encuentran en su doloroso pasado la justificación a permanecer enfrentando la vida con actitudes erróneas.

Estas personas generalmente creen que ya están programados para vivir de esa manera, sin pensar que si viven en un ambiente hostil en su hogar, es porque ellos son responsables. Tristemente están viendo la vida nublada y tenebrosa no porque la vida sea necesariamente así, aunque pueden existir circunstancias que así la hagan aparecer, sino que la vida la ven así porque han elegido una actitud errónea.

Pensando en cómo ilustrar claramente esta realidad y buscando principios que nos ayuden a comprender la enseñanza bíblica, encontré en las palabras de Salomón, grandes verdades que quiero compartir con ustedes. Estos versículos son impactantes y por momentos duros, pero vaya que son reales y necesarios.

Hablando de aquellos que deciden actuar de una forma terca sin la determinación de hacer esfuerzos por entender a los que le rodean, Salomón dice: «El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo» (Proverbios 11:12). No sólo es personalmente perjudicial el actuar como una persona que no quiere entender razones, sino que es una actitud de desprecio por los sentimientos y anhelos de los que nos rodean.

Otro impactante versículo que encontré al realizar este estudio fue el siguiente: «Todo hombre prudente procede con sabiduría; más el necio (terco, obstinado, llevado de sus propias ideas) manifestará necedad (Proverbios 13:16). He notado que no existe persona con quien es más difícil compartir la vida que las personas llevadas por sus propias ideas. Espero que este siguiente proverbio le invite a reflexionar seriamente, sobre todo a aquellos que por ser muy irascibles, constantemente cometen actos de los cuales se arrepienten en sus tiempos de reflexión. Salomón dice: «El que fácilmente se enoja, hará locuras; y el hombre perverso será aborrecido» (Proverbios 14:17).

Hablando de proverbios impactantes, otro que realmente me impresionó es el siguiente: «El camino del necio es derecho en su opinión, mas el que obedece al consejo es sabio» (Proverbios 12:15). Tal vez este versículo es más impresionante para mí, porque en determinados momentos yo me he encontrado en esas circunstancias.

Es difícil reconocerlo, pero cuando miro hacia atrás, cuando examino la historia de mi vida conyugal, tengo que reconocer que han existido instancias en que mi necedad me ha llevado a pensar que no necesito cambiar y que mis caminos son lo suficientemente derechos que no debo hacer ningún cambio porque si hiciera alguno, dañaría, en vez de ayudar.

Hoy reconozco que no fue sino mi necio corazón el que por momentos me llevó a elegir una mala actitud. Tristemente esa mala actitud me impedía abrir mis ojos con alegría a los necesarios cambios en la vida de todo individuo. Es duro, pero sabio, reconocer que en aquellos momentos uno es muy terco como para pensar que nadie es lo suficientemente sabio como para no adquirir más sabiduría y nadie lo suficientemente entendido como para rechazar el consejo, sobre todo cuando éste viene de un cónyuge que le ama y que lo único que está buscando es el bien del ser querido y de la familia.

Hay muchas personas que pueden dar gracias a Dios y a su cónyuge por los cambios ocurridos en sus vidas, pero hay otros que no han cambiado ni piensan cambiar. Existen otros que viven con la errónea actitud de culpar a los demás o las circunstancias por los males que enfrentan.

Mi intención es que todos los que están leyendo hagan un serio examen de su actitud. En algún momento me tocó a mí el turno de hacerlo. He evaluado mi vida conyugal, he descubierto la gran cantidad de errores que he cometido. Algunos de ellos deliberadamente, otros por no tener la instrucción necesaria, porque después que salí de mi país y me alejé de mi padre y pastor, nunca tuve otro matrimonio, ni siquiera un pastor que se me acercara con cariño y genuina preocupación para enseñarme cómo vivir con la actitud adecuada.

Cuando usted lee estas palabras de admisión de mi miopía en las relaciones conyugales es posible que esté pensando que yo intento asumir toda la responsabilidad y con un gran complejo de mártir intento vestirme de culpable y sentado en cenizas lamentar lo que he hecho. De ninguna manera es mi deseo, perezca tal pensamiento. Culparse exclusivamente a sí mismo, nos sumerge en la autocompasión y nos transforma en inútiles, nos amarra, nos esclaviza, nos hace sentirnos impotentes.

Recordemos que no sólo los hombres cometemos errores, también los cometen nuestras esposas. No sólo algunos de nosotros tendemos a tener una actitud de necedad y por momentos actuar como tremendamente machos, impositivos o aun como tiranos. También algunas mujeres tienden a tener una actitud tan errónea que ni ellas mismas se soportan. A veces inician una guerra fría, rechazan discutir el problema, interiorizan el conflicto, acumulan resentimientos, sacan vez tras vez todos los problemas del pasado aun aquellos que uno ha pensado que ya están resueltos.

Hombres y mujeres cometemos errores y ambos debemos aprender a ser sinceros y reconocer nuestra participación solamente con el afán de abandonar esa errónea actitud y comenzar a caminar juntos y en armonía a pesar de las diferencias. Por supuesto que esta es una tarea difícil y que requiere dedicación pues realmente somos diferentes.

Los expertos en comunicación nos dicen que 25.000 palabras es el promedio que una mujer habla durante el día, mientras que un hombre hablará un promedio de 10.000. Si las palabras no se emplean con sabiduría, podemos imaginarnos cuánta presión se puede recibir por medio de ellas. A veces las mujeres se convierten en personas rencillosas, difíciles de agradar y muy exigentes.

De la misma manera que investigué lo que la Palabra de Dios enseña sobre la terquedad de algunos hombres, también investigué lo que Salomón dice sobre la errónea actitud de la mujer en los conflictos matrimoniales. Produce un poco de risa investigar lo que nos dicen los proverbios sobre este tema, pero a la vez no tiene nada de divertido convivir con alguien que encaje en estas descripciones.

De la misma manera que observamos versículos que hablan de la actitud inadecuada de los hombres, también existen algunos de ellos que tratan sobre la actitud inadecuada de las mujeres. Examinemos algunos proverbios que verdaderamente son impactantes. Por ejemplo, Proverbios 21:19 nos advierte que «Mejor es morar en tierra desierta, que con la mujer rencillosa e iracunda». Es difícil convivir con personas de mal genio pues la mayoría de las conversaciones se convierten en una riña.

Mejor es morar en tierra desierta, que con la mujer rencillosa e iracunda.

Qué tal le suena la siguiente advertencia: «Mejor es estar en un rincón del terrado, que con mujer rencillosa en casa espaciosa» (Proverbios 25:24). En muchas sesiones de consejería he descubierto mujeres como estas. He llegado a la conclusión, en muchos de estos casos, que estas mujeres en vez de acercar, alejan a sus esposos. He atendido a muchas parejas en que las mujeres pueden ser descritas como exageradas y rencillosas y la mayoría de los hombres eran muy calmados en su forma de proceder, aunque algunos mostraban indolencia.

No es fácil para un hombre, después de notar la delicadeza con que le tratan otras mujeres en su trabajo, tratar de soportar a su mujer que no para de hablar o que la mayoría de sus órdenes, demandas y quejas son realizadas a gritos y con sabor a rencilla. Salomón dice: «Gotera continua en tiempos de lluvia y la mujer rencillosa, son semejantes; pretender contenerla es como refrenar el viento, o sujetar el aceite en la mano derecha» (Proverbios 27:15–16).

Por supuesto, no es nada fácil vivir en esas condiciones. Tan reprochable es el hombre necio, terco, y obstinado, como la mujer rencillosa, gritona y de mal genio. Personas como éstas tristemente producen un ambiente inadecuado para vivir en armonía.

Es cierto que muchas de estas actitudes han sido formadas a través de los años, pero no es cierto que sea imposible cambiarlas. Tampoco pretendo que a partir de este momento comience a culparse a sí mismo y vivir con la compasión como constante compañera. La autocompasión destruye, mejor dicho, aniquila.

No existen personas más desventuradas en este mundo que aquellas que viven pensado: «Yo no sirvo para nada, nadie me quiere, nadie me ayuda. Yo sólo vivo con mala suerte. Así nací y así he de morir». Estas y muchas otras declaraciones pertenecen al vocabulario de aquellos que han determinado que no existe nada más en la vida para ellos, que están decepcionados de la vida. Cuán equivocados están los que así piensan. No existe pensamiento más erróneo que ese. Usted está viendo la vida de esa manera, usted ve la vida de ese color, porque ese es el color de los lentes que ha elegido.

La forma en que ve la vida no depende de su pasado exclusivamente, no depende de las circunstancias, no depende de las personas, la forma en que usted está viendo la vida depende de la actitud que ha elegido. ¿Cómo puede explicar que existan personas que han tenido un pasado mucho peor que el suyo, cuyas circunstancias actuales son más destructivas que las que usted vive, pero que a pesar de ello, a usted le encanta compartir aunque sea un momento con ellos? El factor determinante no es otro que la actitud. Sumergirse en la autocompasión, vivir en un constante velorio de su propia vida, arrinconarse a lamer sus heridas, encerrarse en su mundo de soledad, es morir en vida y no existe persona que pueda ayudarle, porque todo depende de usted. Dios está a su alcance, su Palabra tiene los mejores consejos, hay miembros de esta familia cristiana que están listos a ayudarle, pero todos esos recursos son anulados solamente por su decisión de mantener la misma actitud.

Es imprescindible que quien planea realizar un cambio radical que es fundamental para la buena relación conyugal, determine realizar un cambio en su actitud. Todo cambio debe comenzar con nosotros mismos. Todos los que esperan que cambien primero los que le rodean, nunca experimentan cambios.

Todo cambio debe comenzar con nosotros mismos.

Nuestras actitudes son importantes, aun más importantes que nuestras acciones, porque buenas actitudes generan buenas acciones. Me encanta la carta de Pablo a los creyentes de Filipo porque me ha enseñado que yo puedo elegir una nueva actitud y esta nueva actitud me ayudará a ver la vida con los ojos de Dios y a mantener buenas relaciones interpersonales con los que me rodean, no importa cuán diferentes estos sean.

En Filipenses 2:2, Pablo exhorta dos veces a los filipenses a que sientan lo mismo y en el versículo 5 que pide que tengan en ellos el «sentir que hubo en Cristo». Muchos de los comentaristas creen que en los primeros 11 versículos, Pablo intenta tratar con una fricción que se había manifestado en esa congregación. El consejo apostólico es que aprendan a vivir una vida de sumisión y servicio mutuo (David Jeremiah. Turning Toward Joy, [Volverse hacia el gozo], Victor Books, 1992, Wheaton, IL, p. 62).

Una gran importancia en la vida matrimonial tienen estos dos valores. No aprenderemos a vivir con nuestras diferencias mientras no tengamos una buena actitud. La recomendación de Pablo es imitar el ejemplo de Jesucristo quien voluntariamente decidió someterse a la voluntad de su Padre y tener una actitud de siervo. Esa es la actitud que debe caracterizar a todo cristiano.

Es posible que a estas alturas y después de reconocer que no existe nada provechoso en culparse exclusivamente a sí mismo, usted estará pensando que debemos buscar a otros a quiénes culpar. En la realidad hay algunas personas que deciden culpar a otros de sus conflictos y de la mala actitud que tienen en la vida. Algunos inconscientemente, otros por darse cuenta de que la autocompasión no es de ninguna manera la solución, deciden irse a otro extremo muy peligroso. En vez de culparse a sí mismo para no sentir la autocompasión que les limita, deciden culpar de todos los males a la esposa con quien comparten su vida. Algunos, al descubrir que sus esposas están fallando y porque debido a la cercanía que tienen a ella tienen la oportunidad de ser testigos de sus defectos y errores, tienden a culparla de toda su desventura.

Tendemos a culparlas porque tienen una constante insatisfacción y aunque es posible que algo de eso exista, el convivir culpándose mutuamente de ninguna manera ayudará a encontrar la solución que es necesaria. Tendemos a culpar a nuestro cónyuge de querer siempre más cercanía en la relación matrimonial de la que estamos ofreciendo y nunca están satisfechas. La culpamos que al querer más cercanía hasta nos sentimos ahogados por las excesivas demandas que nos oprimen. El sentirnos así, lamentablemente nos lleva a aumentar nuestras diferencias o a profundizar las que ya tenemos.

Es indiscutible que la mujer tiende a presentir cuándo se acercan los problemas. En mi experiencia como consejero, me he dado cuenta de que ellas son las primeras que se dan cuenta cuando la relación familiar no está funcionando. Sus profundos vínculos emocionales y su gran percepción les hace notar cosas que para nosotros los hombres pasan desapercibidas. ¿Quién de nosotros no se ha sentido sorprendido de esa extraordinaria habilidad de nuestras esposas y quién de nosotros en más de alguna oportunidad no ha sentido que ha sido descubierto cuando sus intenciones no eran las mejores?

Cuando la relación familiar no está funcionando, ellas son las primeras en notarlo.

Por supuesto, sería infantil e inadecuado pensar que ellas siempre tienen la razón, aunque a veces algunas de ellas así lo creen. Tampoco nosotros siempre la tenemos. Unas veces uno está equivocado y otras veces nuestro cónyuge. Esa forma diferente de ver la vida nos evita peligros y errores porque podemos tener diferentes perspectivas de una misma situación. En esos momentos es necesario que recordemos que Dios nos hizo diferentes. No somos iguales a nuestras esposas. Dios las hizo diferentes, ellas no lo eligieron. Ellas son mucho más emocionales que nosotros y se apegan más a las personas y las cosas. Por supuesto, que la mayoría de ellas no están planificando hacernos daño, pero muchas veces sus inadecuadas actitudes les llevan a acciones que son dañinas. Ellas no siempre quieren herirnos, pero hay momentos en que nos hieren.

Ocurre constantemente que frente a las demandas de la vida, frente al estrés destructivo, todo su mundo emocional se transforma y comienzan a demandar más de nosotros. He descubierto que aunque hayan existido manifestaciones negativas, esta necesidad no es sino el deseo de protección, porque en aquellos momentos nos necesitan más.

He notado tanto en mi matrimonio como en los casos de consejería con parejas, que por lo general las esposas, en su desesperación, quieren agarrarse con manos y uñas, sin darse cuenta de que en su intento de acercamiento exagerado, en su necesidad de una mayor cercanía, producto del temor en que se encuentran, nos lastiman y nos hieren.

Las esposas, en su desesperación, quieren agarrarse con manos y uñas.

Sin embargo, tampoco es saludable para la relación matrimonial solamente culparlas a ellas de su intento de excesiva cercanía. Es bueno también reconocer que generalmente nosotros anhelamos estar un poquito más alejados. Es necesario reconocer nuestros intentos de excesiva independencia. Es cierto que ellas paulatinamente van acercándose más y más y siempre desean más y más, pero también es cierto que nosotros, si nuestra esposa no dice nada, poco a poco nos vamos alejando más y más porque queremos más y más independencia. No es bueno solamente culparlas a ellas porque cuando culpamos a otros, rompemos nuestras buenas relaciones interpersonales, relaciones que son el único sustento que el hombre tiene en este mundo, fuera de su relación con Dios.

Cuando rompemos nuestra relación familiar, todo nuestro mundo tambalea, no importa cuán poderosos seamos económicamente ni que buena salud poseamos. Podría escribir páginas y páginas de testimonios de hombres que en su desesperación me han buscado para recibir ayuda. Hombres pobres y ricos. Hombres que por ser tan pobres lo único que les trae alegría en este mundo es su familia, y están desesperados cuando su única fuente de realización se destruye. Hombres ricos, hombres que tienen todo lo que nosotros anhelamos tener, hombres que han dado todo a sus esposas: sacrificio, dinero, y muchas cosas más, pero se han olvidado que su cónyuge y sus hijos no sólo querían las cosas que proveía ese hombre, sino que también querían al hombre que proveía las cosas. Hombres que han ofrecido todo lo que tienen por recuperar su familia porque perder aquella fuente de cariño y aprecio, perder el único lugar en el mundo en que existe el compromiso de hacer las cosas por amor, perder la única relación interpersonal más cercana entre los humanos, no es juego, no es cosa sencilla y no es algo de lo que podemos alejarnos sin tener serias consecuencias.

Es muy importante que aprendamos que aunque debemos tomar nuestra responsabilidad, no debemos culparnos exclusivamente a nosotros mismos. Tampoco debemos culpar exclusivamente a nuestros seres queridos, aunque por cierto tendrán algo de culpa en los conflictos. Debemos recordar que la Biblia enseña que la culpa que Dios permite en nuestros corazones no tiene la finalidad de amargarnos y destruirnos toda la vida, sino que ella cumple su objetivo cuando nos lleva al arrepentimiento.

He notado que lamentablemente algunas personas cometen otro serio error cuando creen que ellos no eligieron las malas actitudes que tienen. Quienes piensan así no se culpan ni a sí mismo ni a los demás, pero consciente o inconscientemente comienzan a apuntar con un dedo acusador a Dios. Al rechazar las dos opciones anteriores algunos directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, culpan a Dios de sus conflictos.

En la mente de algunos Dios es el culpable de la desdicha familiar por no darle el cónyuge adecuado o por haberlo creado con aquella mala actitud. No existe actitud más errónea que esa, porque querer rechazar con nuestra rebeldía, a la única fuente de poder sobrenatural que nos puede ayudar cuando el camino se torna difícil en nuestra relación familiar, es un grave error. Tratar de culpar a Dios se podría comparar a la tonta acción que realizaría el conductor de un automóvil si decidiera botar el motor de su automóvil porque este no funciona, a pesar de que la razón por la cual éste se ha detenido es que él mismo no tomó las precauciones necesarias y no puso suficiente combustible. Despreciar a Dios, que es el motor de la vida del hombre, porque nosotros no hemos tomado las precauciones indispensables para que la relación matrimonial funcione adecuadamente, despreciar a Dios cuando nosotros somos los que estamos rechazando seguir sus enseñanzas y principios para la vida matrimonial, no sólo es ridículo, sino también perjudicial para nosotros mismos.

En la mente de algunos Dios es el culpable de la desdicha familiar.

Definitivamente creo que no existe una actitud más sabia que la de hacer una seria evaluación de la situación de su propio hogar. Sin duda, ambos cónyuges tienen culpa en esta batalla que se lleva a cabo por la forma diferente en que piensan. Hay muchos enemigos externos que intentan destruir nuestros hogares como para permitir que tengamos una total división interna sólo porque no podemos ponernos de acuerdo sobre cuál es la estrategia que vamos a seguir, porque ambos pensamos de una manera diferente.

Permitir que los enemigos nos destruyan porque no podemos encontrar una estrategia común es triste y lamentable. Sócrates alguna vez dijo que una vida que se vive sin evaluarse es una vida indigna de vivirse. No es momente de culpar a otros, a nosotros mismos o a Dios, pero es el momento de aceptar la culpa que el Espíritu Santo pone en nuestros corazones, solamente para que nos lleve al punto de arrepentirnos y hacer todos los cambios que sean necesarios a fin de aprender a vivir con una actitud de sumisión y servicio mutuo, a pesar de lo diferente que somos.

Una vida que se vive sin evaluarse es una vida indigna de vivirse.

Es mi costumbre en cada uno de mis sermones o conferencias impartir algunas aplicaciones prácticas, impartir algunas sugerencias, cuya práctica, tengo la plena seguridad traerá como consecuencia gran bendición y una mayor comprensión en las personas que determinen seguir los consejos. Cada vez que predico, aconsejo o escribo alguna enseñanza, obviamente el deseo de mi corazón es que muchas personas apliquen lo aprendido y podamos ver vidas cambiadas. Sin embargo, al ser realista tengo que concluir que lamentablemente la gran mayoría de los lectores seguirá viviendo de la misma manera. Mi alegría es pensar que siempre existe una minoría que debido a su determinación y diligencia en la práctica de los principios bíblicos comienza a disfrutar de días mejores. Sus vidas, sus relaciones conyugales, sus familias son transformadas por la aplicación del consejo divino. Sinceramente, espero que usted sea uno de aquellos que está en la minoría.

Le ruego que no escatime ningún sacrificio para normalizar su matrimonio, porque siempre es posible tener una relación matrimonial de felicidad, a pesar del duro o vergonzoso pasado y a pesar de las circunstancias y personas que se opongan. Si delante del Señor ambos cónyuges deciden cumplir las indicaciones bíblicas, aunque en determinados casos éstas vayan en contra de su propios deseos, lo lograrán. Cuando esta determinación se une a la decisión de hacer cualquier sacrificio posible, realizar cualquier cambio necesario y que su cónyuge se transforme en la relación interpersonal más cercana que exista en este mundo, después de su relación con Dios, no hay barreras lo suficientemente grandes como para impedir una relación conyugal de aprecio, cariño y amor, a pesar de nuestras diferencias.

Recuerde que el estado presente de su matrimonio no es producto de la casualidad o de la buena o mala suerte. Lo que usted vive en el presente es producto de las decisiones que realizó en el pasado. El presente es producto de lo que hizo o lo que dejó de hacer en el pasado. No necesito ser ni profeta ni adivino para decirle que su futuro no será diferente de su presente, si sus decisiones del presente no son diferentes a las del pasado, porque no hay manera de que su futuro cambie, si no realiza cambios en el presente.

No importa cuántos errores haya cometido, no importa cuán errónea hayan sido sus decisiones e inadecuadas sus actitudes, todo puede cambiar si ustedes lo deciden y si buscan el consejo adecuado. Dios está listo para ayudarles, existe consejería disponible, hay grupos de cristianos en su comunidad que se pueden convertir en su grupo de apoyo, lo único que necesitan es tener una conversación seria y sincera. Ustedes como pareja necesitan arrepentirse de los errores cometidos, pedirse perdón por las heridas causadas y hacer un compromiso de aprender nuevas técnicas de cómo vivir con sus diferencias. Creo que este libro puede servir como base para realizar cambios importantes y como base para un compromiso mutuo que deben adquirir bajo nuevas reglas para su vida matrimonial.

Quisiera concluir invitándoles a realizar las acciones adecuadas a fin de lograr lo que seguramente ha estado anhelando por mucho tiempo, es decir, cómo tener una relación matrimonial normal, a pesar de nuestras diferencias. De ninguna manera creo que tengo todas las respuestas, pero sí puedo compartir algo de lo que nos ha ayudado en nuestro matrimonio.

Mientras más vivo, más me convenzo de que el matrimonio es hermoso. No siempre he pensado así, ni tampoco creo que mi esposa ha pensado siempre que su marido es la octava maravilla del mundo, a pesar de que hay otras personas que por verme a la distancia y por no vivir conmigo pueden creerlo. Sin embargo, creo que hemos ido progresando hasta llegar a un lugar en que la balanza, en la mayoría de los días del año se inclina hacia el respeto mutuo, la comprensión, la sumisión y el servicio mutuo.

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