Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt. 16:24).6 Desde que comenzamos a ir a la iglesia hemos oído que todo lo que hacemos debemos hacerlo para gloria de Dios Aunque a primera vista no lo parezca, lo que dice Jesús en el texto citado tiene que ver con nuestras buenas obras y la gloria de Dios.

Si nos detenemos a pensar en esto, no hay lugar en la vida cristiana en que la gloria de Dios tenga más sentido que con relación a nuestras buenas obras. Hoy día necesitamos renovar el clamor de los reformadores del siglo XVI: “Soli Deo Gloria”. ¡Cuánta obra se hace que resulta en gloria para el individuo, en lugar de ser solo para la gloria de Dios!
La iglesia y el ministerio sagrado se han convertido, en muchos casos, en una plataforma para glorificar al siervo de Dios en vez de darle gloria a Dios. Más y más se oyen los aplausos a los hombres por la manera en que cantan, por la manera en que predican o por algo bello que dicen. Lo básico, lo que es en verdad importante lo ponemos a un lado y buscamos lo sensacional.
Últimamente he estado en convenciones y reuniones de creyentes donde se ha interrumpido al predicador durante su sermón vez tras vez para aplaudirlo. Me he sentido como si estuviera en un teatro escuchando a un político dando un discurso cualquiera. Luego, al final de la prédica, he oído los comentarios sobre el sermón y sin excepción, han sido alabanzas al hombre por su habilidad y brillantez, en lugar de alabanzas a Dios por haber hablado a través de su Palabra.
Si un predicador llega al pueblo con un mensaje, ese mensaje es de Dios, no es de él. Es algo que a solas con Dios, como resultado de un arduo estudio de su Santa Palabra, ha recibido por la iluminación del Espíritu Santo. Recibir la gloria por lo que pertenece a Dios es robo blasfemo. Tanto el predicador como la congregación deben resistir fuertemente esa tentación. ¿Cómo podemos atribuirle al hombre lo que solo pertenece a Dios?
Cuando el predicador, el cantante o el que da un testimonio usa el púlpito para obtener gloria para sí mismo, ya ha recibido su recompensa. Al buscar gloria para lo que hace, ya deja de ser una buena obra y la convierte en una perversidad. Su propósito no es servir a Dios sino servirse a sí mismo. Pensar que tal actividad hecha para gloria propia honra a Dios es autoengañarse. Todo lo que ha logrado es exaltación personal y no la gloria de Dios. Y como señaló Jesús: “ya tienen su recompensa” (Mt. 6:2; 5:16).
Una de las cosas bien recibidas por todos (menos los músicos) en algunas reuniones que he asistido, es que no permite a los cantantes hablar antes de cantar. ¡Qué bendición! La misión de ellos es cantar, no hablar. De veras que es una tediosa palabrería tan aburrida en la que han caído la mayoría de los músicos modernos, como si fueran ellos los predicadores.
Es una mala costumbre porque casi siempre ni se preparan para lo que van a decir. He oído a algunos decir que lo que van a cantar les vino por “inspiración especial del Espíritu Santo”. Decir tal cosa es prometer algo extraordinario, pues si viene directamente del Espíritu Santo, lo que se produce debe ser perfecto, ya que Dios es perfecto. ¿Qué sucede? El cantante comienza a cantar y la poesía es pésima y la música fatal. Y ¡pensar que se atribuyó tal producción al Espíritu Santo! Mejor sería que sencillamente se dijera: “He escrito una poesía y le he puesto música. La canto ahora para alabar a Dios”. Eso es mucho más humilde, apropiado y cierto.
Es de por sí un gran atrevimiento levantarse uno y decir que habla en nombre de Dios. ¡Qué hermoso es cuando en verdad el predicador es instrumento en manos de Dios! ¡Pero qué deshonroso es cuando un hombre o una mujer usan indirectamente lo que es de Dios para directamente glorificarse a sí mismos! Tal actividad es indigna del siervo de Dios y deshonra la sublime santidad de Jehová. El exhibicionismo espiritual debe ser condenado y prohibido por el pueblo que en Espíritu y en verdad adora a Dios.
Quizás el problema esté en que no entendemos bien lo que quiere decir Cristo con las palabras “niéguese a sí mismo”. Puede ser que pensemos erradamente que ese dicho tiene que ver con un abandono de cosas materiales; que quizá signifique la renuncia a placeres o a riquezas mundanales para poder cumplir con un ideal más alto y sublime. Que a lo mejor querrá decir preferir a otros antes que a nosotros mismos y poner los intereses personales en segundo lugar. No creo que sea ese el sentido de estas palabras de Jesús.
Negarse a sí mismo tiene referencia a Dios. No se refiere a algo material, ni ajeno, ni al mundo. Tiene que ver con lo que soy y quiero para mí. Tiene que ver con lo que Dios es y espera de mí. Tiene que ver con mi ego, con mi “yo”, con mis pretensiones, mis deseos, mis anhelos, mis objetivos, mis motivos, mis posesiones, mi familia y mis pensamientos más íntimos y escondidos.
La intención real del corazón debe ser que solo Dios reciba la gloria. Si hay una intención ulterior, Dios no la acepta como buena obra, por buena que aparente ser ante mis ojos, o a los ojos de otros. Tomar nuestra cruz es ponernos a nosotros mismos a un lado, crucificar el ego, para que solo Cristo reciba la gloria.
Como Balaam (Nm. 22), nuestro servicio puede desear la gloria de Dios, pero a la vez estar contaminado por un fuerte deseo de algún reconocimiento, de algún beneficio personal. La razón pura de servir a Dios no es la única ni exclusiva intención. Detrás del servicio está elperverso deseo de lucirnos, ser enaltecidos o recibir alguna ganancia.
Si nuestro ego fuera visible y manifiesto, no sería difícil tratar el problema. La dificultad está en que fácilmente escondemos nuestra verdadera motivación. El ego lo disfrazamos con amenes y aleluyas, lo tapamos con religiosidad o lo preservamos en un rincón oscuro en el corazón donde nadie lo pueda ver. A veces, sumidos y sobrecogidos por el tema sagrado que brota de nuestros labios, podemos pensar equivocadamente que ya hemos matado ese infernal “yo” para siempre. Pero luego de hacer algo en nombre de Dios y para su gloria, ahí aparece repentina e inesperadamente: “¡Qué bien predico! ¡Qué gran evangelista soy!”
Ese deseo de que se nos celebre el talento, de que se nos alabe, de que se diga que somos mejor que otros, de que se nos dé algún mérito, alguna alabanza, salta de su sitio escondido y procura apoderarse de nuestra buena obra. “Niéguese a sí mismo”, dice Jesús. Si permitimos el pensamiento, si alentamos ese ego, lo bueno se convierte en malo, en algo desagradable a Dios. Aquí cabe lo que dijo Jesús: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:22, 23).
Por cierto, el que no busca glorificar a Dios permite que ese ego encuentre la satisfacción que busca. Usa el evangelio para su avance personal, para enriquecerse, para ganar fama, engañando al pueblo de Dios, pretendiendo ser santo y sacrificado. Sus fines son perversos, pero finge con palabras dulces y argumentos piadosos servir fielmente a Dios. Si expusiera su verdadera intención, no podría lograr que los cristianos le siguieran y apoyaran. Así es que los engaña con una pretendida piedad. Dios declara que los tales ya tienen su recompensa.
El siervo de Dios sincero, al contrario, reconoce las tendencias de su corazón perverso y no se deja engañar. Cuando ve asomar ese ego, esa intención falsa, ese deseo de compartir la gloria con Dios, se reprocha a sí mismo. Admite su debilidad y de inmediato acude al Padre celestial implorando purificación, perdón y misericordia. Pone al ego de nuevo en su lugar, reconociendo sabiamente que la lucha es interminable, que cuando menos se dé cuenta aparecerá nuevamente el maldito “yo”. Dijo el sabio Alberto Einstein: “El verdadero valor del individuo se determina principalmente por la medida y en el sentido que ha podido librarse de su ego”. Esta fue la expresión de uno que no pretendía ser creyente. ¡Cuánto más debe ser verdad dentro del grupo que se llama cristiano!
Nuestra negación nunca será perfecta, por eso los padres de la iglesia decían: “Ante Dios nuestras mejores intenciones siempre están contaminadas”. El primer paso a la victoria está en el reconocimiento de nuestra debilidad. Cuando salta el ego, damos batalla en nombre de nuestro glorioso Dios. En Él hallamos la fuerza para vencer y rendirle a Dios buenas obras en verdad, obras que lo ponen en alto. El gran evangelista inglés George Whitefield nos dejó un bello ejemplo. Decía él: “Quiero que el nombre de Whitefield no cuente, solo quiero que el nombre de Cristo sea glorificado”. Firmaba sus cartas con la frase: “George Whitefield, menos que el menor de todos”. Ese es el espíritu que cumple con el sentido de “niéguese a sí mismo”.
Se cuenta de una humilde mujer que oraba: “Señor, no soy lo que quiero ser; ni soy lo que un día seré. Pero te doy gracias que ya no soy lo que era”. Cuando nos disciplinamos y nos negamos a nosotros mismos, y tomamos nuestra cruz y seguimos a Cristo, no somos lo que éramos: Hemos comenzado a tomar la cruz para seguir correctamente a nuestro Salvador.
No hay duda de que cuando Cristo dijo “toma tu cruz” tenía en mente su propio destino. Él pidió de nosotros, sus seguidores, el mismo espíritu ante Dios que había en Él. A través de su vida tuvo un solo objetivo: Glorificar a su Padre. Nada hizo para ensalzarse a sí mismo. Al contrario, se humilló a sí mismo, como nos dice Pablo en Filipenses 2:5–8, poniendo a un lado su propia gloria y haciéndose siervo.
El renombrado comentarista bíblico John A. Broadus, refiriéndose a este pasaje, dijo: “Cristo vivía como uno que marchaba a su crucifixión. Reconocía que su destino era el sufrimiento y la muerte. Cualquiera que decida seguirle debe prepararse para andar por el mismo camino y hacia la misma experiencia”.
Cabe hacer una observación final: Cristo pide que lo sigamos a Él. Eso es que no sigamos un impulso personal, que no sigamos los consejos de los amigos, que no sigamos la opinión del grupo. Solo que lo sigamos a Él. Dice Raymond Brown, un gran predicador inglés: “Ciertamente uno de los principios de la fe es que rehusamos dar un paso a menos que la Palabra de Dios nos muestre el camino y nos alumbre como un farol”.
Seguir es difícil. Nos gusta dirigir. Seguir demanda obediencia, eso también es difícil. Seguir significa andar por lugares que no escogeríamos naturalmente, hacer lo que muchas veces no nos gusta. Pero aún más, seguir significa esperar hasta recibir órdenes. Seguir no es adelantarnos para hacer lo que a juicio nuestro es propio y bueno.
El predicador C. Campbell Morgan dijo: “No tenemos el derecho de hacer un sacrificio para Cristo Jesús si Él no nos lo ha pedido. Cuando una persona se sacrifica sencillamente porque piensa que hacerlo es en sí algo debido, y no ha hecho el sacrificio en obediencia a las órdenes de Cristo, esa persona ha cometido un escándalo tan grave como aquel otro individuo que rehúsa tomar su cruz y obedecer el mandato del Maestro”. Seguir a Jesús significa dejar que Él diga, que mande, que señale el camino. El que anda por su propio camino, siguiendo sus propios antojos, está tan equivocado como el que rehúsa seguirlo.
¿Cómo podemos seguir sus órdenes hoy día, ya que Jesús subió al cielo hace 2. 000 años? ¡Muy sencillo! Él nos dejó sus órdenes escritas. El cristiano que sigue cualquier cosa aparte de la Biblia (a otro creyente, a alguna voz extraña que piensa haber oído, a algún sueño) ya no sigue a Cristo, sigue a un sustituto. Hay solo una revelación verídica y confiable: La Santa Biblia. El creyente que no la lee, que la desconoce, que le da poca importancia, verá que su tendencia será seguir a algo que es ajeno a Dios, aunque sea religioso. No estará siguiendo a Jesús. Aun esta tendencia está contenida y prohibida en las palabras de Jesús: “niéguese a sí mismo”. Jesús pide que lo sigamos a Él, a nadie más. Sus claras órdenes, sus abundantes instrucciones, están todas en la Biblia.
Autor: Les Thompson, La fe que mueve montañas: Cómo ser libre de la esclavitud del pecado (Grand Rapids, MI: Portavoz, 2005), 211–216.










