Es evidente que más grande es nuestra tendencia a ver las diferencias como algo negativo, mientras más estresante es la situación que vivimos.

Pensamos correctamente si decimos que nunca ha existido una sociedad con tantas posibilidades de estresarnos. La forma sencilla de vida ha sido reemplazada por las complicaciones. Existe más movimiento, menos descanso; demasiada televisión, poco sueño; excesivo involucramiento, poco ejercicio físico. Agregue a esto la presión financiera, los ruidos, el materialismo, la drogadicción, la muerte de un ser querido, el temor al cáncer, el SIDA y la delincuencia, y reste todo lo que estamos perdiendo, reste aquello que antes fue el apoyo de la familia. Reste la desunión familiar, la rebeldía de los hijos, la inmoralidad de los padres, el excesivo involucramiento y multiplíquelo por 365 días del año y descubrirá por qué el estrés es nuestro eterno compañero.
Queridos amigos, hay muchas cosas de qué preocuparse, hay mucho por qué estar ansioso. Si usted es como yo, es posible que una gran úlcera sea su constante recordatorio de que debe reducir el ritmo con que va caminando en la vida. Tendemos a creernos superdotados, superpoderosos. Me causó mucha risa escuchar en las noticias que en la tira cómica conocida como Superman, que ha permanecido durante tantos años como compañera de ávidos lectores apasionados por las aventuras que terminan bien, hasta el famoso y «todopoderoso superhombre» iba a morir. Lamentablemente ese puede ser nuestro final si no damos la importancia que tienen la tranquilidad y la paz. Aunque las causas de este levantamiento emocional y físico, de este sentimiento de incapacidad e impotencia para enfrentar las demandas del diario vivir, pueden ser diferentes en cada individuo, y muy distintas que las razones que provocaban las preocupaciones en tiempos antiguos, las consecuencias siguen siendo las mismas.
Es muy divertido leer el relato de Lucas en el capítulo 10. Si alguno me dice que la Biblia no es real y relevante, creo que me darían ganas de sacarme el título de ministro del evangelio y por un momento convertirme en Casius Clay o Mohamed Alí, aquel inolvidable campeón mundial de boxeo de los pesos pesados, pues con un golpe quisiera que cambie de manera de pensar.
La Biblia es relevante, querido amigo, su mensaje es más relevante que el periódico que aparecerá el próximo año. Para descubrir su relevancia y aprender excelentes principios, trasladémonos a Betania, un pequeño lugar, no como las grandes ciudades de nuestros días.
Allí vivían dos hermanas solteras. María y Marta tuvieron la gran alegría de ser visitadas por Jesucristo. No sabemos si fue una visita inesperada o planificada, pero el relato nos demuestra que la más joven de las dos hermanas no encontró mejor ocasión que esa para disfrutar de la visita del ilustre huésped.
María era una mujer sencilla. Le agradaban las relaciones interpersonales y sabía que esas oportunidades no se daban todos los días y sabiamente pensó que esa era una excelente oportunidad para escuchar al Maestro. María era una mujer que «estaba ocupada con lo interno, más que lo externo» (Herbert Lockyer, All the Women of the Bible [Todas las mujeres de la Biblia], Lamplighter Books, p. 104). Marta, su hermana mayor, mujer práctica, hacendosa, detallista, perfeccionista y preocupada de brindar una buena hospitalidad. El versículo 40 dice que «Marta se preocupaba con muchos quehaceres».
Sé que tan pronto continúe con el relato, los que se identifican más con María que con Marta estarán listos a apuntar a Marta acusándola de ser materialista y no espiritual como su hermana. Pero, haciendo una examen sincero de nuestras vidas, ¿no es cierto que la mayoría de nosotros somos iguales a ella? ¿Esperaría usted que Jesús saliera de su casa sin ser bien atendido? ¿Qué hombre o mujer preocupado por el bienestar de los que ama lo haría? ¿Era malo que Marta se preocupara de atender a su Maestro como Él se merecía? De ninguna manera. ¿Qué es lo que Marta estaba haciendo en forma errónea? ¿Qué ocurría con Marta que le llevaba a tener reacciones inadecuadas en medio de circunstancias y tareas tan normales?
¿Era malo que Marta se preocupara de atender a su Maestro como Él se merecía?
Mi observación es que a Marta le ocurría lo que nos ocurre a todos nosotros. Tenía en el momento más demandas, más ocupaciones, más cosas en qué pensar, más cosas que cumplir y menos tiempo para dedicar a cada una de ellas. Marta tenía menos tiempo para las relaciones interpersonales, más confusión, más afán, y más turbación. Bueno, ese es precisamente el diagnóstico que hace el sabio Jesucristo, el Señor y creador de la vida. En su acertado diagnóstico, Jesucristo le dice: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas».
Las palabras que Lucas usa son muy descriptivas (Chuck Swindoll, Stress Fractures [Fracturas debido al estrés], Multnomah, Portland, Oregon, 1990. P. 18). La palabra, afanada, significa estar siendo tirada por distintos lados y hacia diferentes direcciones. La raíz del verbo griego nos da la idea de dividir algo en distintas partes. La palabra «preocupaba», sugiere la idea de un tumulto, algo ruidoso, problemático. Esa era la situación de Marta y ese diagnóstico, aunque antiguo, sin duda presenta una excelente descripción de una persona manejada por el estrés.
Piense por un momento en este diagnóstico divino y notará que eso es precisamente lo que nosotros sentimos cuando nos encontramos sumamente presionados. El señor Charles Hummel comentando este pasaje, dice que Marta permitió una caída y quedó atrapada en la «tiranía de lo urgente», pues para Marta lo urgente reemplazó a lo importante (Charles E. Hummel, Tyranny of the Urgent [Tiranía de lo urgente], Downers Grove, IL, Intervarsity Christian Fellowship, 1967, p. 5).
Para Marta lo urgente reemplazó lo importante.
Ninguna persona puede enfrentar con éxito los desafíos de la vida encontrándose en esas circunstancias. Por supuesto, que Marta y María eran diferentes, siempre lo habían sido, pero ahora, por la situación estresante que vivía una de ellas, sus diferencias se convirtieron en una seria amenaza que ponía en peligro las buenas relaciones interpersonales, tal como ponen en peligro la relación conyugal de una pareja que se encuentra en las mismas condiciones.
La tiranía de lo urgente nos mueve a ver más grandes los conflictos cuando por opción u obligación estamos viviendo bajo circunstancias que producen más estrés. Hablo de que a veces por opción estamos en situaciones estresantes porque en determinadas circunstancias somos nosotros mismos los que elegimos un estilo de vida con más responsabilidades que las que estamos capacitados para atender sin perjudicar nuestra salud. Hablo de que en determinados momentos optamos por situaciones que nos producen estrés porque a veces elegimos pecar y luego sufrimos resultados lamentables que nos sumergen en experiencias estresantes. Hablo de que a veces por obligación vivimos temporadas de estrés debido a las experiencias de enfermedad, muerte o determinadas calamidades que nosotros no hemos elegido, pero llegan sin consultarnos y nos involucran en experiencias estresantes.
Marta y María tenían conflictos en su relación interpersonal. Estas dos queridas hermanas se encontraban en problema. Estas dificultades, producto de la presión, ocurren entre mujeres, entre hermanas, entre cristianas, y con mayor razón ocurre entre una mujer y un hombre que están involucrados en el constante desafío del matrimonio.
En este relato bíblico, Marta culpa a María de no cumplir sus responsabilidades. Con gran determinación Marta le dice a Jesús que su hermana le está dejando todo el trabajo a ella (versículo 40). Marta ve en la actuación de su hermana María un acto de irresponsabilidad y por lo tanto siente la necesidad de recriminar ese comportamiento. Ella decide que ese es un comportamiento erróneo. Con su actuación Marta nos está demostrando que ella en ese momento estaba pensando que si los demás no hacían lo que ella creía que se debía hacer, tenía todo el derecho para culparlos. Ella creía que si los demás no colaboraban para que ella alcanzara las metas que se había autoimpuesto, tenía la libertad de culparlos. Por eso culpa a los demás, en este caso a Jesús y a su hermana María.
Notemos que Marta no sólo produce un conflicto en su relación interpersonal con quien, según ella estaba supuesta a ayudarle, sino que provoca un disgusto e inicia una fricción precisamente con Aquel a quien ella pretende servir y demostrar su aprecio y cariño.
De ninguna manera quisiera que usted concluyera que esa era la conducta acostumbrada de Marta, pero sí creo que es justo concluir que por esa forma de ver la vida en medio de esa circunstancia específica, por la presión que en ese momento sentía por cumplir con las responsabilidades que se había autoimpuesto, Marta estaba reaccionando en forma inadecuada. Ella estaba viendo que aquellas diferencias en su forma de ser entre ella y su hermana, diferencias que siempre habían existido, eran grandes barreras que debían ser drásticamente eliminadas. Marta no demostró comprensión con la opción diferente que había escogido su hermana. ¿No habría sido mucho más fácil y mucho mejor, haber cumplido con excelencia lo que ella sentía que debía hacer y permitir que su hermana tuviera la libertad de hacer lo que ella estimaba conveniente?
¿No habría sido mucho más fácil y mucho mejor, haber cumplido con excelencia lo que ella sentía que debía hacer y permitir que su hermana tuviera la libertad de hacer lo que ella estimaba conveniente?
Marta reaccionó de manera inadecuada por la presión que estaba sintiendo, por sentirse dividida, por haberse autoimpuesto demasiadas cosas que cumplir. Marta estaba reaccionando como lo hacemos muchas veces nosotros cuando voluntariamente nos metemos en las mismas circunstancias.
¿No se ha encontrado usted alguna vez como yo, o como Marta, planteándose excesivas metas? Sin duda usted se ha encontrado por momentos en situaciones en que no tiene opción y es imprescindible tomar un nuevo y gran desafío.
Seguramente se ha encontrado en un momento en que debido a lo grande e importante que ese desafío es, está produciendo una gran cantidad de estrés que si no es adecuadamente manejado le hará ver que las diferencias que tiene con su cónyuge son más grandes que las que está determinado a resistir. ¿No ha llegado en determinados momentos a sentir impotencia ante la imposibilidad de cumplir con sus autoimposiciones? En esos momentos, ¿no ha sentido que llega la frustración, frustración que se traduce en enojo, ira, demandas, y culpas? ¿No ha tenido también reacciones inadecuadas que le llevan a amenazar sus relaciones interpersonales, amenaza que le produce preocupación, preocupación que aumenta el estrés, estrés que produce ausencia de sueño, deseos de llorar, dolores musculares, ansiedad, gastritis, úlceras, enfermedades de los nervios?
Seguramente usted se ha encontrado o se encuentra ahora mismo en momentos en que no puede dormir ni descansar. Momentos en que se siente enfermo y está preocupado por las enfermedades y esto aumenta su estrés y siente que va dando vueltas en un círculo vicioso del cual nadie le puede sacar porque debe salir por su propia determinación o esfuerzo. Círculo del cual debemos salir de la misma forma en que nos metimos, y con la ayuda del único que puede ayudarnos. Debemos salir con la ayuda de Aquel que cuando está junto a nosotros, no hay batalla que no podamos ganar, ni montaña que no podamos subir, ni diferencias que no podamos entender.
Me refiero a ese Ser único que por estar junto a nosotros siempre nos hace estar en la mayoría. Ese Señor que con amor, sabiduría, y ternura, orientó a Marta para que aprendiera a vivir en medio de las tensiones de la vida y con una persona diferente a ella y aun así seguir manteniendo un amor fraternal.
No piense ni por un momento que éste sólo es el caso de Marta, porque en nuestras propias circunstancias, mientras más demandas tenemos, más propensos somos al estrés, y mientras más estresados nos encontramos, más profundos se ven los abismos, más oscuras las noches, más grandes las montañas y más destructivas las diferencias.
Es cierto que en un mundo tan competitivo como en el que vivimos, existen momentos en que es necesario asumir mayores responsabilidades, y junto con ellas aparecerán situaciones más estresantes, pero también es nuestra responsabilidad aprender a manejar el estrés e impedir que éste nos maneje a nosotros.
He notado que frente a las mayores responsabilidades adquiridas y la consecuente preocupación que de éstas se derivan, tenemos la tendencia a ver los conflictos mucho más grandes. En estas circunstancias para poder manejar la situación con sabiduría, debemos conversar con absoluta honestidad acerca de nuestros sentimientos y emociones. Eso es precisamente lo que nos ha tocado hacer a nosotros cuando hemos vivido situaciones como estas.
Como matrimonio, hemos vivido temporadas en que mi gran involucramiento nos ha producido un alto nivel de estrés y por lo tanto, ha sido más difícil vivir con nuestras diferencias. Aun en algunas ocasiones mi involucramiento exagerado puso en peligro la armonía conyugal.
Hace algún tiempo atrás volvimos a vivir una de estas experiencias. Esta vez, mi esposa estaba involucrada en actividades que no eran comunes para ella. Ella iniciaba un proceso de involucramiento que demandaba mucho más energía. Su nivel de estrés, por lo tanto, estaba muy elevado y le había llevado tal como a mí en ciertas ocasiones, a ver nuestras diferencias mucho más grandes que lo que realmente son.
Por muchos años mi esposa estuvo absolutamente amarrada a la casa. Cumplió con dedicación, esmero y amor la increíble y agotadora tarea de criar a nuestros hijos. Con ternura realizó todas las tareas que una dedicada madre debe realizar. Fue una esclava de la casa. Lo digo con sinceridad, no podía el Señor haberme dado una mejor madre para los hijos que tanto amo. Criar a cuatro varones que hoy tienen 18, 17, 11 y 10 años, no ha sido para ella una tarea sencilla, a pesar de su profundo amor por ellos. Es que el amor no evita el sacrificio, y el sacrificio no es sinónimo de pasar el día en un parque de diversiones. El sacrificio que demanda el trabajo diario en los quehaceres del hogar y el lidiar minuto a minuto con niños no es suave. Es un sacrificio, es una tarea dura, nos agota, drena nuestras energías, y nos deja marcas que nos acompañarán toda la vida.
En todos los años que ella dedicó su vida al hogar y a los niños, también renunció a muchas cosas que legítimamente le pertenecían y no tuvo tiempo para alcanzar sus propias metas. Pasaron muchos años, tenemos hijos que ya son jóvenes y durante todos esos años mi esposa ha dado una extraordinaria muestra de amor y de renuncia a hermosas metas, por dedicarse a lo que ella ha considerado de suprema importancia y como lo más grande en este mundo después de su relación con el Señor, su familia.
Fueron años de renuncia de sus metas y entrega a las metas de sus hijos. Quisiera que agregue a eso, los años que ella se ha sacrificado para permitir que hoy su marido reciba grandes honores por los logros alcanzados. El Señor, la paciencia de mis hijos, y la dedicación de mi esposa a apoyarme en mi vida, con la familia y en mi ministerio me han llevado donde me encuentro. Por supuesto, que también mi amor por el Señor y mi dedicación al ministerio han sido motores importantes, pero cómo puedo olvidar los años de paciencia, dedicación, de encierro y espera que mi esposa ha dedicado para que pueda estudiar y graduarme en el seminario.
Usted ha acertado si piensa que esto nos ha traído alegría y nos ha permitido alcanzar grandes logros como familia, pero se equivoca si piensa que todo ese sacrificio no ha dejado algunas frustraciones, sueños destruidos, y metas no alcanzadas en la vida de una mujer que lo que hace lo hace bien, pero que no ha podido lograr otras metas personales porque su dedicación a su más grande prioridad, su familia, le impidió lograr.
Por supuesto que existe inmensa alegría criar y ver a sus hijos que crecen sanos, y amorosos de su familia, pero esto no significa que no exista algo de frustración al ver que el tiempo ha pasado, que no regresa y que si no se toman las medidas necesarias se pueden destruir muchas cosas que han costado años de sacrificio construir.
Por supuesto que es hermoso ver a su querido esposo alcanzar posiciones de privilegio, es estimulante ser reconocida como la artífice de esos logros, es hermoso que muchas veces cuando ella me acompaña a las conferencias o cuando voy solo, le den un costoso regalo en gratitud por haber compartido por una semana a su esposo para que cientos de matrimonios encuentren esperanza para su sufrimiento.
Es lindo ser la esposa, dormir, abrazar, pasear, criar a los hijos junto al hombre que ama, que comete errores y grandes errores, pero que lucha por arreglarlos. Es hermoso ser la esposa de un hombre que lucha constantemente por practicar lo que predica y que es admirado por la gente. Pero de la misma manera que el presente es bueno por las buenas elecciones del pasado, el futuro será bueno por las buenas elecciones del presente.
Es necesario no sólo vivir de las glorias presentes, sino es necesario ser prácticos y pensar con anticipación en el futuro. Es necesario que aquellos que fuimos ayudados por una mujer amorosa, pensemos amorosamente cómo ayudarla en esta nueva etapa de su vida.
Muchas veces los padres de familia pensamos que nosotros estaremos toda la vida al lado de nuestro cónyuge y de nuestros hijos y no prevenimos una súbita partida. Sin embargo, cuando llegamos a la mediana edad ese es un pensamiento que se hace presente, sobre todo si su esposa no ha podido practicar su profesión u obtener alguna por haberse dedicado con entrega a criar a su familia y a las duras labores del hogar.
Es un error pensar que aquellos que sostenemos el hogar estaremos siempre para hacerlo. He conocido cientos de mujeres que han tenido un magnífico matrimonio, que no han necesitado trabajar, que han dedicado su vida al hogar y que por lo tanto no han creído necesario prepararse, pero que han tenido que llevar primero a sus maridos a la tumba, quedando en un gran desamparo.
Es un error pensar que aquellos que sostenemos el hogar estaremos siempre para hacerlo.
En estos últimos tiempos hemos sido motivados a pensar en el futuro. En el futuro del hogar y en la realización de una mujer que merece alcanzar metas que existen en lo más profundo de su corazón. Queremos mirar con sabiduría al futuro pues qué ocurriría si aquel dedicado hombre, con todos sus logros, súbitamente llega a ser llamado por Dios para abandonar este mundo a una temprana edad.
Viene a mi mente la experiencia de mi padre quien fue llamado a la presencia del Señor cuando era un hombre admirado, amado, respetado, cuando era un pastor por excelencia, con voz, sentimientos, corazón y aun sueldo de pastor. Qué tal si mi esposa queda como quedó mi madre, sin protección económica, sin un salario pastoral que pueda suplir todas sus necesidades después de haber cumplido junto a él un ministerio de toda la vida.
Sin duda para ella la vida sería mucho más difícil. Tendría que sostener a sus cuatro hijos y sin duda lucharía por hacerlo de la forma digna que lo ha hecho su padre. Si ella quedara desamparada, ¿cómo se justificaría el actuar sin planificación cuando tenemos todo el tiempo para poder hacerlo? No es su preocupación una preocupación digna, lógica, y que necesita ser entendida.
Si la esposa de un hombre comienza a buscar logros cuando su marido disfruta de los logros alcanzados en parte por el gran sacrificio de su cónyuge, ¿no necesita aquella mujer ser comprendida? ¿No es normal que se sienta tirantez y cansancio cuando no tiene las mismas energías que acostumbraba tener porque ha dejado gran parte de ellas en sus esfuerzos pasados? ¿No es natural que se sienta cansada y tensionada cuando hay menos capacidad porque los años no han pasado en vano? ¿No es lógico esperar que la preocupación la inunde? ¿No es natural esperar que se sienta afanada y turbada cuando ve que las «Marías» de su hogar, sus hijos y su esposo, tienen otras prioridades, y son y hacen las cosas de tan diferente manera?
Las diferencias se acentúan en tiempos de mayor estrés y carga emocional.
Lo que quiero que mantenga en mente es que es absolutamente verdadero que en tiempos de mayor estrés y mayor carga emocional las diferencias se ven mayores. Eso es lo que nos ha tocado vivir a nosotros como matrimonio. Podría ser fatal para un matrimonio cuando no existe la debida comprensión y cuando no existe la disposición del uno de ayudar a llevar las cargas del otro. En nuestra situación la mucha tensión que recaía sobre mi esposa le hizo ver más grandes las diferencias, pero necesitaba de alguien que le ayudara a facilitarle un poco la vida. Esto es exactamente lo mismo que yo he sentido en mis tiempos de estrés.
Debido a la decisión de cambiar nuestro lugar de residencia de un país a otro, existieron muchos cambios en nuestro hogar. Era lógico que mi esposa estuviera afanada y turbada porque la casa no tenía el aspecto de antes, cuando ella tenía el tiempo y las energías para mantenerla como árbol de Navidad. Es lógico que se sienta cansada después de haber perdido a nuestra empleada, aunque mejor debería llamarle, nuestra hija, que nos amó y sirvió, con cariño y dedicación. Es justo que extrañemos a una chica a quien llevamos a los pies de Jesucristo y pasó cinco años de su vida con nosotros, persona que se convirtió en parte de nuestra familia y en quien mi esposa invirtió una gran parte de su tiempo. Lamentablemente tuvo que quedarse en Quito sin poder venir con nosotros y seguir siendo la necesaria ayuda para nuestro hogar. ¿No es justo que mi esposa se sienta cansada y dolorida, si el Señor le ha dejado un aguijón en su columna que le impide cumplir determinados quehaceres sin sufrir dolor?
En estos días, más que nunca, he aprendido a admirar a una mujer que amo y que estoy dispuesto a apoyar aun a costa de renunciar a algunas de mis más grandes metas. Creo que es su tiempo y así como ella nos apoyó a nosotros, es tiempo que nosotros, los beneficiados de su sacrificio, le apoyemos a ella en sus grandes y justos propósitos, porque capacidad, determinación y constancia no le faltan a pesar de la falta de energía.
Desconozco cuál es la situación de usted y su familia; pero si existen coincidencias, me encantaría que usted se una a mis propósitos y determine ser uno de aquellos hombres cristianos que despreciamos el machismo y sus distintas manifestaciones y que no sólo disfrutamos de los sacrificios de nuestras esposas, sino que también estamos listos a sacrificarnos por ellas. Sea usted uno de aquellos que hemos decidido proveer mucho más que sólo el sustento económico de nuestra familia, sea uno de ellos que ha decidido amar integralmente a su esposa y que está listo a realizar cualquier sacrificio personal por contribuir a su desarrollo como mujer.
Si usted es uno de los que está satisfecho con otorgar solamente el apoyo económico, sin otorgar un apoyo integral, usted está limitando su amor a una obligación y le suplico que transcienda esos límites. Sin duda, el solo hecho de trabajar con dedicación es un gran sacrificio que incluye grandes demandas, pero hay mucho más que podemos ofrecer a quienes amamos.
Cuando una familia vive nuevas experiencias producto de cambios que se realizan, el estrés será un constante compañero. Estas situaciones estresantes nos predisponen para que seamos mucho más sensibles. Las cosas nos afectan mucho más que en situaciones normales, nuestras esposas y nosotros estamos mucho más irritables que lo normal y por supuesto, las diferencias se ven mucho más grande que lo que realmente son. Es por eso que necesitamos ayudarnos mutuamente.
Hay momentos en que la angustia, la depresión que sentimos nos lleva a anhelar y buscar fervientemente la compañía de la persona que amamos y hay momentos en que nos impele a estar solos y nos molestan cosas que antes fueron deseadas por nosotros.
Una de la experiencias de mi propia vida que confirma lo que digo, ocurrió en mis últimos meses de estudios en la universidad, en California. Estaba al final de tres años de duro sacrificio. Estaba aprendiendo un nuevo idioma, estudiando a tiempo completo y trabajando a tiempo completo y en una profesión tan deprimente como es la consejería pastoral.
Como estudiante vivía serias presiones económicas, una crisis de salud me llevó a tener una cirugía al descubrirse que tenía cálculos renales. Producto de todas las presiones que me rodearon tuve mi primera gran experiencia con el estrés. Fui manejado a su antojo pues no tenía mayor conocimiento de él.
Me sentía enfermo, pasé por todos los exámenes necesarios, pero los médicos no encontraban nada. Mis nervios estaban destruidos. Me sentí afectado emocional, física y espiritualmente. Sentía que la muerte se acercaba y me llenaba de angustia pues dejaría a mis hijos y esposa en medio de un mundo de necesidades y deudas producto de la enfermedad.
En esas circunstancias todo lo que deseaba era estar con mi esposa. No quería que ella se separara de mí, ni siquiera para ir a la cocina a buscar algo. Lo contrario sentía en mi relación con mis hijos. Las risas, los juegos, sus conversaciones que antes disfruté, me molestaban y deseaba salir huyendo. Me preguntaba, ¿qué me pasa?, yo amo a mis hijos pero ahora no los soporto. Sentía dolor y temor. Me preguntaba si estaba perdiendo la razón. Lloraba sin sentido, no podía dormir y los temores me invadían. Sentía como si hubieran puesto una lupa enfrente de mis ojos. Todo lo veía más grande. Era como si mi piel hubiera sido quemada pues estaba muy delicado, frágil, sensible y emotivo. El diagnóstico era una muy sencillo para el médico cubano que me atendió. Él me dijo: «Chico, estás bajo un serio estrés. Tienes que dejar tu ministerio o vas a perder tu vida y lo único que dejarás y los únicos que se acordaran de ti serán tu viuda y tus cuatro hijos». Esas palabras me despertaron a una gran realidad. Estaba dando mi vida por mi ministerio y mi deseo de conseguir grandes metas, pero estaba olvidándome del descanso y de mi familia. De allí en adelante mi vida cambió.
Daba la vida por mi ministerio y mi deseo de conseguir grandes metas, pero me olvidé del descanso y de mi familia.
Todo hombre o mujer puede pasar por estas experiencias y salir de ellas con éxito. Es cierto que frente a las demandas nos abruma el estrés y la ansiedad, es cierto que la responsabilidad primaria de nuestras esposas es aprender a manejar el estrés, pero también es muy cierto que podemos evitar ser la causa de mayor estrés, y podemos ayudar a evitar otras causas si tomamos el liderazgo adecuado en nuestros hogares y si apoyamos a quienes nos han apoyado para que ahora ellas logren sus metas personales. Para ello deben recibir todo el apoyo y mucho más del que nos brindaron a nosotros cuando fue necesario.
La verdad es que no siempre sentimos que debemos hacer esto, pero nuestras acciones no deben depender de las emociones. Hacer o no hacer algo no debe ser la consecuencia de una emoción sino el resultado de una decisión, el producto de una firme determinación. Para esto una palabra es imprescindible. Es la palabra compromiso. Para poder realizar esto se necesita estar comprometido, pues sólo así podemos ayudar a pasar las tormentas de la vida.
Los ataques de las tensiones de este mundo se ven más grandes y abrumadoras que lo que realmente son.
He descubierto que los ataques de las tensiones de este mundo se ven más grandes y abrumadoras que lo que realmente son, en los momentos en que somos más vulnerables, y ciertamente hay etapas en la vida del hombre y la mujer en que somos más vulnerables. Me encantó lo que escribió un médico cirujano sobre sus pacientes. (Doctor James Dobson. Amor para toda la vida. Editorial Betania, Minneapolis, MN, página 54.)
Escribiendo acerca de determinadas experiencias que en algún momento rodearán nuestra existencia comparte palabras muy sabias. Su conclusión es que cuando somos jóvenes parece que estamos protegidos, resguardados del dolor y del daño que pueden producir estas experiencias de la misma manera que nuestro cuerpo está protegido contra las infecciones que nos pueden causar las distintas bacterias. El mecanismo de defensa de nuestro cuerpo nos protege de los organismos microscópicos que nos rodean y que están listos a atacarnos.
Sin embargo, cuando somos jóvenes existe mayor energía y mayor capacidad de resistir esos ataques. Cuando muchacho, uno comete imprudencias que si las cometiera cuando tiene 50 ó 80 años las consecuencias serían desastrosas. Hoy no puedo hacer cosas que antes hacía. Hoy necesito tener mucho más cuidado y prevenir más cosas que antes. Cuando muchacho fui un trabajador incansable. Recuerdo que mi primer estado de agotamiento emocional lo sufrí a los 19 años cuando todavía ni conocía la palabra estrés. Sin embargo, también recuerdo que resistí un ritmo de trabajo de tanta presión que si intentara mantenerlo a mis cuarenta años de edad, seguramente pronto estaría en la tumba.
Es posible que en los años saludables de la juventud ni siquiera nos dimos cuenta de los terribles peligros que nos rodeaban. Pero, un día, sin previo aviso ese campo de fuerza que nos protegía, dejó de ser tan efectivo y determinados organismos extraños nos invadieron. Si usted es como yo, recordará ciertos años en que las desgracias, las tragedias, las enfermedades parecía que ocurrían sólo en otras personas.
Por momentos pensé que todos podían morir y que podía ir a muchos funerales junto a mi padre como ministro del evangelio. No pasaba por mi mente la posibilidad de que esas aflicciones un día empezarían también a invadir mi propia vida o que en algún momento tocarían nuestra familia. Hasta que el 17 de agosto de 1973 fallecía mi querido y ejemplar padre.
La ruptura de ese campo de fuerza que me protegía me permitió sentir lo que antes parecía que era patrimonio de otros. Eso comienza a ocurrir precisamente en los momentos en que llegamos a la media vida, cuando no somos ni ancianos que reconocemos nuestras limitaciones, ni jóvenes que parecen que no tienen límites en su fortaleza. Es en el momento en que nuestra mente está más preparada que nunca para alcanzar los más altos logros; pero cuando nuestros cuerpos no tienen la suficiente energía para lograrlos. Es en aquellos tiempos en que aumentan nuestras tensiones y somos más vulnerables que nunca. Es allí cuando necesitamos apoyarnos los unos a los otros, es allí cuando nos necesitamos, es allí cuando se hacen realidad las palabras que dicen: «La unión hace la fuerza».
Si hacemos un resumen de lo que he compartido con ustedes hasta este momento debemos recordar que los matrimonios que tienen un profundo compromiso y que tienen una relación ejemplar, también pueden pasar por momentos en que la más grande batalla que encuentran en su relación conyugal es lo diferente que son.
Las diferencias se convierten en una seria amenaza, cuando sin darnos cuentas, hemos fijado elevadas expectativas y estamos demandando más de los límites normales. En segundo lugar, las necesarias diferencias se convierten en serias amenazas que nos causan dolor y preocupación en aquellas temporadas de estrés que en cualquier momento pueden afectar a toda familia.
Fuente: David Hormachea, Para matrimonios con amor (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1994), 52–71.











