Contemplemos el alborear del día cuando el sol está surgiendo tras la montaña lejana. Al principio, el firmamento está limpio. Poco después, aparecen unas nubes que ocultan el sol. Pero, gradualmente, las nubes tornan a pasar y vuelve a verse el sol que ya se remonta en el espacio más brillante y poderoso que antes.
He ahí una semejanza de la vida de una persona espiritual. En el mundo actual, los mejores cristianos están lejos de ser perfectos; poseen todavía una naturaleza inclinada al pecado, aunque desean sobreponerse a esta inclinación. Un cristiano verdadero siempre desea crecer espiritualmente. El crecimiento espiritual es prueba segura de la presencia de vida espiritual.

Los escritores de la Biblia que estaban inspirados por el Espíritu Santo usaron muchas comparaciones para describir cómo los cristianos han de crecer en el conocimiento y en la piedad. Se nos dice que el recién convertido es como un niño recién nacido. Su vida espiritual comienza en un determinado momento de tiempo. Al principio es como un bebé; luego, un niño; hasta que finalmente, llega a la madurez a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;” (Efesios 4:13)
El reino de los cielos también es representado como una semilla que se deposita en el surco: “La tierra lleva fruto de suyo, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.” (Marcos 4:28–29) Del crecimiento espiritual se dice también que es como “fuente de agua, que salta para vida eterna.” (Juan 4:14) Job dice, “El justo proseguirá su camino, y el limpio de manos aumentará la fuerza.” (Job 17:9) Esta es la característica principal del convertido: “proseguirá su camino”. “Los muchachos, dice en la Biblia el profeta Isaías, se fatigarán y se cansarán; los jóvenes flaquearán y caerán; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán.” (Isaías 40:30–31) El salmista describe bellamente al hombre espiritual de la manera siguiente: “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.” (Salmo 1:3) La vida espiritual crece igual que un árbol que madura en una tierra fértil y bien regada. Sin embargo, la certeza de este progreso espiritual no está en el vigor del creyente mismo. Dice el apóstol Pablo: “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Corintios 3:5)
El creyente es sostenido durante toda su vida por la gracia de Dios. Adán cayó en el pecado; también cayeron los ángeles, y la persona más santa volvería a caer en el pecado si se le abandonara a sus propias fuerzas, porque el corazón humano es malvado por naturaleza. Pero, cuando Dios ha comenzado su obra impartiendo la vida espiritual a una persona, continúa suministrando el vigor espiritual hasta el fin. “Estando confiado de esto, que El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 1:6)
Cuando un hipócrita (una persona que piensa ser cristiana, pero que no lo es) se fija en sí mismo, queda satisfecho; quizá se imagina que posee muy buenas cualidades. Pero un cristiano verdadero piensa de manera muy diferente; nunca está satisfecho de sí mismo; siempre anhela una mayor perfección. Cuanto más ama a Dios, más desea aquilatar e incrementar este amor. Cuanto más conoce de la naturaleza divina, tanto más se deleita en la revelación que Dios hace de su propia gloria: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, Oh Dios, el alma mía.” (Salmo 42:1) No se satisface con probar una sola vez la bondad del Señor, sino que estará insatisfecho hasta poder alcanzar la cascada en que se despeña el torrente, y beber a borbotones del “río del agua de la vida, que fluye del trono de Dios y del Cordero.” (Apo. 22:1) Se da cuenta más y más de la maldad del pecado; lo odia, y lo odia con vehemencia. Contempla su propio “yo” pecador, y lo odia también; desearía ser vaciado de su “yo”. Llega a desear el sentirse espiritualmente pobre y desposeído de todo mérito humano para poder así confiar solamente en Cristo. Cuanto más pelea contra Satanás, tanto más determinado está a resistir hasta el fin.
Hay ciertos signos que denotan el crecimiento espiritual que experimenta la vida de los creyentes:
1. Primeramente, van perdiendo confianza en sus propios méritos y son conscientes de que dependen en todo de Jesús. Han aprendido a través de amargas experiencias, la necesidad de no confiar en sí mismos. Así sigue día tras día, el consejo bíblico: “Reconoce a Dios en todos tus caminos, y El enderezará tus veredas.” (Prov. 3:6)
2. Se vuelven más pacientes en medio de los sufrimientos. Cuanto más sufren, menos se quejan.
3. Su amor por los demás creyentes va en aumento. Aprenden a criticar menos a sus hermanos en Cristo. Los cristianos recién convertidos suelen ser criticones y faltos de cariño. Toman nota de las debilidades de sus hermanos más bien que de sus cualidades. ¡Ello se debe a que no ven sus propias debilidades! Pero a medida que progresan y van aprendiendo más acerca de sí mismos, comienzan a criticar menos a los demás. Temen juzgar para no ser juzgados ellos mismos. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” (Mat. 7:1) Andan “con toda humildad y mansedumbre, soportándose con paciencia los unos a los otros en amor.” (Efesios. 4:2)
4. También van controlando mejor sus emociones. Van siendo “tardos para airarse” (Santiago 1:19)
5. Son más puntuales en el cumplimiento de sus deberes para con los demás. Los recién convertidos son propensos a descuidar esto, convencidos de que han de consagrar a Dios el tiempo que habrían de dedicar a sus semejantes. Pero conforme van creciendo espiritualmente, se tornan más equilibrados y cumplen con todos sus deberes igualmente. No por eso aman menos a Dios, sino que aman más a sus semejantes puesto que, al crecer su verdadera dedicación a Dios, crece paralelamente su genuina entrega al prójimo.
6. Quizá la señal que mejor denota el crecimiento espiritual es el carácter consistente sin tantos altibajos, que tanto falta en los recién convertidos. Esta cualidad se ve especialmente en quienes han avanzado ya mucho en la vida cristiana.
El verdadero creyente crece en todos los aspectos de la vida religiosa. Busca e intenta; lucha y pelea para conseguir el premio. Quien le haya observado desde el momento en que fue renacido, y a lo largo de esa vida (a pesar de sus posibles dudas y temores) advertirá un notorio progreso. Quizá él no se sienta como “que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosiguió, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.” (Filipenses 3:12)
Y prosigue Pablo: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que esta delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13–14) ¿Hay algún cristiano que no sienta lo mismo que sentía el Apóstol? Nadie que haya comenzado a correr la carrera celestial puede estar satisfecho con la posición que actualmente ocupa; la más evidente señal de estar espiritualmente vivo es el afán por avanzar; un verdadero cristiano siempre anhela poseer más y más el carácter de hijo de Dios.
Fijémonos en la vida de un hombre espiritual. Imaginemos que está haciendo un viaje. A veces se sale del sendero; a veces se cansa y se para; no siempre marcha a la misma velocidad; es posible que a veces, retroceda; pero en conjunto, está avanzando. Si comparamos su situación actual con la que ocupaba hace algún tiempo, advertiremos que ha habido progreso. Aun cuando el día en que se convirtió estaba lleno de gozo y de luz, ese cristiano ha podido pasar por horas de duda y desaliento. Es posible que un cristiano no vuelva jamás a sentir en su vida el gozo y el fervor que sintió al principio de su conversión, pero ello no significa que no haya progresado. El creyente que ha pasado por pruebas y dificultades posee un amor a Jesús de más quilates que el de un recién convertido. Está triste por las veces que se desvió del sendero, pero las peripecias del camino se irán olvidando a medida que se acerque al resplandor de la eternidad.
En fin, aquí tenemos otra prueba de la autenticidad de nuestra vida espiritual. Es un “examen” muy severo, pero también es muy seguro y no debemos tenerle miedo. Los cristianos suelen confiar demasiado en sus experiencias pasadas, su conversión y las primeras obras después de su conversión y luego cesan de hacer examen de conciencia. Entonces, ¿Cuál es nuestro carácter actual? Sí, es cierto que el que ha sido alguna vez cristiano, siempre es cristiano; pero también es cierto que quien no es cristiano ahora, nunca fue cristiano. “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos,” aconseja el Apóstol. (2 Cor. 13:5) La mejor evidencia de que somos cristianos de verdad, está en que crezcamos espiritualmente.
Una persona espiritualmente perezosa que no haga ningún progreso no puede recibir bendiciones del Señor. Quien piensa estar a salvo por imaginarse que un día fue lo suficientemente religioso como para escapar del infierno no conoce ni el poder ni el bienestar que proporciona el Evangelio de Jesucristo.
Un estudio serio de los siguientes pasajes de la Escritura nos mostrarán que se nos manda buscar indicios reales de que poseemos actualmente la vida espiritual:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 7:21)
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,” (Juan 10:27)
“habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;” (Hebreos 5:9)
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no esta en el” (1 Juan 2:3–4)
“En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.”
“Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. Por qué le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte.” (1 Juan 3:10–14)
Fuente: Gardiner Spring, Los Rasgos Distintivos del Verdadero Cristiano (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2001), 58–63.












Un Comentario