Inicio / HOGAR Y FAMILIA / RELACIONES ENTRE PADRES E HIJOS EN «MODO OLIVO» (parte 1)

RELACIONES ENTRE PADRES E HIJOS EN «MODO OLIVO» (parte 1)

Si te pidiera que describieras las relaciones entre padres e hijos en una familia como Dios la quiere, ¿cuáles palabras usarías? Mejor todavía, ¿cuáles palabras crees que Dios usaría?

No tenemos que especular sobre esto, el salmo 128, la canción de la familia, describe la opinión que Dios tiene de las relaciones entre padres e hijos en la clase de familia que Él quiere: “Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa” (Sal. 128:3). Si sigues los conceptos contenidos en estas palabras te ayudarán a hacer que tu familia funcione efectivamente. Por el contrario, serias dificultades entre padres e hijos emanarán si las verdades contenidas en esta oración son malentendidas o ignoradas.

UNA CASA DIVIDIDA

Enrique y María Brown y su hija Susan (seudónimos) son ejemplos vivos de lo que pasa cuando el concepto del olivo es ignorado. Cuando buscaron asesoria, estaban experimentando una gran disfunción familiar.
En algún tiempo todos profesaron su fe en Cristo pero Susan, de 14 años, ya no reconocía ser cristiana. “Si ser cristiana me va a convertir en alguien como mi mamá, es lo último que quiero,” me explicaba. Susan odiaba a su madre y no tenía ningún interés en el Cristo que pensaba que su madre representaba. Evitaba lo más que podía tener contacto y comunicación con su mamá.

La actitud de Susan hacia su padre, en cambio, era lo opuesto. Normalmente lo respetaba y amaba, y compartía con él libremente lo que pasaba en su vida. Estaba dispuesta a escucharlo, y tomaba en serio sus sugerencias. Susan parecía admirar a su padre por la manera en que aguantaba el abuso de su madre; y al mismo tiempo, lo despreciaba por no tener la voluntad o habilidad de enfrentar tal maltrato. “No sé porqué la aguanta,” solía decir.
Al progresar la consejería surgían más datos, fue evidente que padre e hija habían formado una coalición entre ellos cuando Susan estaba muy pequeña. Por años, María Brown fue considerada una enemiga común (o por lo menos una extraña) por ambos. Enrique buscaba aliento y simpatía en su hija, y Susan dependía de su padre para que la protegiera de su madre, y para justificar sus actitudes y reacciones hacía ella. Juntos hicieron muy buen equipo.

Como era de esperar, la coalición de padre e hija mostró ser una fuente mayor de frustración y hostilidad para María. Parecía que Enrique se preocupaba más en dar gusto a su hija que dar gusto a ella. María también estaba convencida de que Enrique trataba a Susan con demasiada rienda suelta. “La está echando a perder con su indulgencia,” se quejaba. “No sabe, en realidad, lo que ocurre en su vida.”

Todos los datos parecían indicar que Susan no era abiertamente “mala” en el sentido popular. No tomaba drogas ni practicaba la inmoralidad sexual. Cuando trataba a la gente, no era maliciosa, endurecida ni resentida. Con todos, menos con su mamá, era bien educada y respetuosa, y cooperaba en lo que le pidieran. Esta fue mi experiencia con ella, como consejero.

Pero Susan veía nada más dos maneras de resolver su problema de familia: o ella y su padre podían salir juntos, o ella podía salir sola. Tenía la certeza de que ella y su madre nunca podrían vivir en paz en la misma casa.
Varias veces, tratando de aliviar las tensiones, se había quedado varios días con una amiga sin el consentimiento o conocimiento de sus padres. Por lo menos dos ocasiones Enrique había arreglado para que se quedara con una familia cristiana hasta que las cosas en casa estuvieran mejores. A veces decía Enrique mismo, “Ya no aguanto. Tal vez la única solución es que mi hija y yo nos mudemos lejos de María.” De igual manera solía decir María, “Si no cambia Enrique, no puedo prometer que voy a hacer algo. Más le vale que empiece a ser el que dirige o se va a arrepentir.”

En medio de todo esto, los Brown eran gente amable en muchos aspectos. Individualmente, eran simpáticos, honestos, sinceros y generosos. Asistían a su congregación con regularidad y se involucraban en grupos de estudio de la Biblia. Hacían lo que los cristianos deben hacer.

Pero al llegar a las relaciones familiares, no hicieron mucho caso a lo que Dios dice. En muchos asuntos familiares hacían lo que consideraban natural en vez de aplicar lo que dice la Biblia. Enrique tenía sus ideas de lo que era bueno para Susan, y María tenía las suyas. Desdichadamente, chocaban sus ideas. Si llegaban a estudiar juntos las Escrituras, cada uno usaba esta oportunidad para comprobar su propio punto. En vez de buscar ser enseñados, reprendidos, corregidos e instruidos en justicia (2 Tim. 3:16), buscaban versículos para justificar las posiciones que ya tenían.

Como resultado, la casa de los Brown era una casa dividida, destruyéndose mutuamente con su egoísmo. No podrían recibir la bendición como la familia de lo cual habla el Sal. 128 hasta que tuvieran voluntad de hacer hincapié en la Palabra de Dios como regla para su familia. Estaban fracasando como familia porque ni Enrique ni María habían entendido claramente o procurado una perspectiva bíblica de las relaciones entre padres e hijos, como lo representa el concepto del olivo. Asegurémonos de no cometer el mismo error.

LOS HIJOS COMO PARTE DEL DESEÑO DE DIOS

Creo que vale la pena notar que cuando Dios inspiró al salmista para escribir esta canción a la familia, intuyó que la familia incluía niños. Para mí, esto parece indicar que normalmente está dentro de la voluntad de Dios que familias tengan hijos. Esta implicación es enseñada específicamente o por lo menos implicado en otros pasajes de la Escritura. En Génesis, Dios da una enseñanza clara al respecto en sus instrucciones a Adán y Eva: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra.” (Gen. 1:28)

En el último libro del Antiguo Testamento, Malaquías desafió la percepción informal que la gente de su día tenía del matrimonio al recordarles que Dios había ordenado el matrimonio. Además dice que una de las razones que Dios tuvo para ordenar el matrimonio fue para criar una descendencia piadosa (Mal. 2:13–16).

La enseñanza del Nuevo Testamento concuerda con estas declaraciones del Antiguo Testamento. En cierto lugar, Pablo dice que quiere que las viudas jóvenes se casen y tengan hijos (1 Tim. 5:14). En otro lugar declara que las mujeres jóvenes sean animadas (o enseñadas) a amar a sus esposos y sus hijos (Tit. 2:4). Esta declaración supone que la mayoría de las mujeres jóvenes se casarán y tendrán hijos.

Por todas estas razones, cuando las parejas dicen que no quieren tener hijos, los alabo por su honestidad, pero también les urjo a que evalúen sus razones. Si la pareja cristiana está en la disyuntiva de si tener hijos o no, debe preguntar—Señor, ¿qué quieres tú que hagamos? Las Escrituras parecen indicar que, a menos que haya impedimentos físicos o espirituales para no tener hijos, Dios quiere que las parejas cristianas produzcan una descendencia piadosa.

Una vez dicho esto, quiero añadir que no creo que la gente deba ser obligada a concebir hijos. Los individuos que son obligados a tener hijos no serán buenos padres. El daño puede ser devastador. Así era en la familia Brown. Al casarse, María Brown estaba involucrada en una carrera motivadora. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Mas, el pensar en la maternidad con todas su responsabilidades la dejó sintiéndose insegura e inadecuada. La realidad era que María no quería tener hijos.

Enrique tenía ideas distintas. Pedía, rogaba y, al fin, hacía que María tuviera complejos de culpa. Usó todas las formas legales para persuadir a María a tener hijos. Después de mucho tiempo, María accedió. Pronto concibió a Susan. María estaba encinta pero no le agradaba. Estaba resentida contra Enrique y después contra su hija por haber cambiado su vida. Y para colmo, se declaró culpable porque sabía que su actitud hacía Susan y Enrique era pecado.

María estaba entre la espada y la pared. Sabía que debía luchar contra su resentimiento pecaminoso, pero no quería soltarlo, porque era su manera de castigar a Enrique por lo que la había hecho. Renuente a perdonar completamente a Enrique, escogió alimentar su resentimiento. María tuvo la niña, pero sólo porque la forzaron. Y esto preparó el terreno de los tremendos problemas de la familia.

RAZONES PARA SER PADRES

Ambos estaban equivocados en su planteamiento acerca de tener hijos. El enfoque principal de María no era lo que quería Dios, sino en lo que ella quería. El enfoque principal de Enrique no eran los deseos de Dios, sino sus propias aspiraciones. Y estaba determinado a hacer su voluntad aunque tuviera que manipular a María hasta lograr cuando menos su consentimiento superficial. Ella accedió por fuera pero se rebelaba por dentro. Su vida es una ilustración trágica del hecho de que la gente no debe ser obligada a la paternidad o maternidad.

Los que tienen razones que no son bíblicas para no tener hijos deben ver dónde está la raíz de su problema. Deben identificar y resolver, con honestidad, las razones no bíblicas de su aversión. Deben enfrentar y resolver los asuntos pecaminosos del corazón. Deben buscar el perdón de Cristo y su ayuda para cambiar por dentro. Debe entender y creer la perspectiva que Dios tiene de los hijos.

Al escribir estas palabras, estoy consciente de que algunos de ustedes pueden ser gentes muy piadosa que no tienen hijos, tal vez por razones buenas, espirituales que honran a Dios. Tal vez han sido llamados a cierto tipo de ministerio que imposibilita cumplir las responsabilidades de la paternidad/maternidad bíblica. Posiblemente, están en una situación temporal que sería muy difícil para los niños. Tal vez están posponiendo la paternidad/maternidad hasta que ciertos problemas personales o interpersonales sean resueltos. Lo que es mejor para los niños y para el reino de Dios son factores importantes en su decisión de tener o no tener hijos, o cuándo tener hijos.

Tal vez algunos de ustedes no pueden tener hijos físicamente. Quieres pero no puedes. Favor de no deprimirte tratando de enfocarte en lo que no puede ser. En vez de eso, busca la ayuda de Dios para aprovechar las oportunidades que tienes de formar niños piadosos en tu familia mas grande: la iglesia (Mar. 3:35; 1 Tim. 5:1, 2). Pide a Dios que te enseñe cómo y con quién puedes hacer tu parte para criar una descendencia piadosa para Él.

LA PATERNIDAD ES UN PRIVILEGIO

Hay un sentido en que toda pareja cristiana puede tener hijos. Todos los cristianos casados pueden y deben involucrarse en algún tipo de Paternidad. Y esto es emocionante, porque según la canción de la familia (Sal. 128) la paternidad es un privilegio. La declaración acerca de los hijos en la canción de la familia (Sal. 128:3) sigue con una exclamación sobre las bendiciones de la paternidad (Sal. 128:4). De manera similar, un salmo previo afirma que “herencia de Jehová son los hijos” y que la persona que tiene su aljaba llena de ellos es bendecida (Sal. 127:3–5).

Al darte hijos, el Dios todopoderoso te ha dado una de las oportunidades más importantes, emocionantes, gratificantes y desafiantes que jamás podrías tener. Te está llamando para que ayudes a criar a otro ser para Él; te ha comisionado para que trabajes con Él edificando esa vida por la cual Él va a ser glorificado, y proporcionará grandes beneficios a otras gentes.

Como padre o madre, tienes el reto de hacer que ese ser sea un discípulo fructífero de Jesucristo. En las palabras de Salmo 128, tu principal función es criar hijos que parezcan plantas de olivo, frondosos y prolíficos.

María y Enrique Brown necesitaban captar esta perspectiva de la paternidad. Su percepción estaba demasiada limitada, su actitud no era muy piadosa, que digamos. No alcanzaban a comprender que sus vida y relaciones mutuas estaban impactando negativamente en otro ser humano. A los dos les faltaba ver el cuadro completo de que la paternidad, según Dios, involucra privilegios, responsabilidades y métodos. Los dos eran demasiado egoístas, demasiado miopes, demasiado concentrados en el concepto humano de su papel de padres. Ninguno de ellos tenía un entendimiento claro de las implicaciones de la planta de olivo que Dios usa en el Salmo 128 para describir las relaciones entre padres e hijos.

HIJOS COMO PLANTAS DE OLIVO

¿Qué quiere decir, exactamente, este cuadro de la planta de olivo? ¿Qué sugiere en cuanto a las relaciones entre padres e hijos? ¿Cómo te va a ayudar este símil a entender y evitar los errores que hicieron Enrique y María Brown?

Para principiar, el símil del salmista implica que debes tener a tus hijos alta estima. Un autor nos dice que el árbol de olivo era el árbol más importante de Palestina.(1) En un pasaje de la Escritura, el olivo es representado como el rey de los árboles (Juec. 9:8, 9). Otra referencia lo honra al comparar al pueblo de Dios con un olivo plantado por Dios (Rom. 11:17 y siguiente). Otras porciones de la Escritura exaltan este árbol al prescribir específicamente que el aceite del olivo y sólo este aceite sería el usado para consagrar a los sacerdotes y llenar las lámparas en el tabernáculo (Exo. 7:20; 30:22–33). En otras palabras, el salmista estaba describiendo a los niños en una manera que resalta cuán valiosos y preciosos son ellos.

Jesús sentía igual. Él sabía todo acerca de los niños. Sabía que nacían como pecadores y por eso necesitaban ser regenerados y redimidos (Sal. 51:3–5; 58:3). Estaba totalmente consciente que necesitaban ser cambiados por la gracia de Dios (Efe. 2:1–8). No tenía ideas ficticias acerca de su perfección ni inocencia (Prov. 22:15); aun así los tenía en alta estima. A veces, los usó para ilustrar una verdad espiritual (Mat. 18:1–10). Enfatizaba lo serio de maltratarlos. Regañó duramente a sus discípulos por tratar de impedir que algunos padres trajeran sus hijos a Él (Marc. 10:13, 14). Con calma, pero con fuerza dijo, “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Habiendo dicho eso, “tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.” (Marc. 10:14–16)
Como Jesús, debes ser realista en tu actitud hacia los niños. Debes reconocer que tus hijos tienen gran potencial para la iniquidad (Sal. 51:5; 58:3). Nacen pecadores y tienen que ser regenerados por el espíritu de Dios y redimidos por la gracia de Dios. Tus hijos necesitan el perdón de Dios por sus pecados. Necesitan la ayuda de Él para llegar a ser verdaderamente personas valiosas, como plantas de olivo que honran a Dios. Sin Él, no pueden llevar fruto para Dios (Juan 15:1–6).

Sin embargo, el que consideres a tus hijos bíblicamente contiene otro aspecto. El realismo bíblico requiere que consideres a tus hijos personas de gran valor y honor, también, a pesar de sus necesidades y deficiencias. Esto quiere decir que tus hijos deben ser importantes no solamente porque son tuyos, sino porque son hechos a la imagen de Dios y un regalo de Él para ti.

Que se te quede fijo en tu mente que tus hijos están destinados a vivir para siempre. Recuerda que tu hijo o tu hija tiene el potencial tanto de hacer lo bueno como de hacer lo malo. Entiende que por la gracia de Dios tus hijos tienen el potencial de ser una planta viva de olivo según el Sal. 128.

Fuente: Wayne A. Mack, Tu familia, como Dios la quiere: Desarrollando y manteniendo buenas relaciones en el hogar (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2006), 41–48.

Sign Up For Daily Newsletter

Stay updated with our weekly newsletter. Subscribe now to never miss an update!

Nombre

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *