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LA DISCIPLINA EN EL HOGAR

Todo lo que tenga que ver con la disciplina de los hijos está rodeado de problemas de diversa índole. Estudiaremos algunos de los problemas más frecuentes. Uno de ellos se relaciona con la aplicación de los principios bíblicos. La Biblia no es un manual específico sobre cómo debemos corregir a nuestros hijos en cada situación concreta. Más bien establece una serie de pautas o principios que luego, con la sabiduría del Señor, tendremos que ir aplicando cuando la situación lo requiera.

Primero veremos lo que el Dr. Taylor nos relata sobre el tema. Entonces notaremos en un segundo artículo las influencias negativas de la disciplina, por Alberto Roldán. Terminaremos este capítulo con un análisis de cómo son los niños en sus etapas de crecimiento, escrito también por el Dr. Roldán.

En este estudio

  1. Conoceremos los principios básicos de la disciplina en el hogar.
  2. Observaremos la importancia y límites de los castigos.
  3. Sentiremos la necesidad de involucrar a la familia en las decisiones.
  4. Conoceremos las influencias negativas en la disciplina de los hijos.
  5. Advertiremos cuáles son las bases bíblicas para corregir a los hijos.

¿Cómo podemos aplicar la enseñanza bíblica a la disciplina de nuestros hijos? ¡La Biblia dice tanto, pero hay tanto que no dice! Aquí va una serie de sugerencias que arrojan luz sobre la gloriosa y ardua tarea de formar a nuestros hijos.

Primer principio:
ESTABLEZCA Y MANTENGA REGLAMENTOS CLAROS Y REALISTAS

Los reglamentos proveen seguridad a los niños. Estos necesitan reglas claras, fáciles de entender y razonables. Decidan como padres cuáles serán las reglas de su hogar y comuníquenlas claramente a sus hijos, repitiéndoselas hasta que las entiendan. Por ejemplo, en nuestro hogar, un lugar en donde no se juega es la sala. Costó comunicar la idea, y tuvimos que repetirla varias veces, aplicando disciplina y castigo en la desobediencia. Pero enfatizamos que había otros lugares donde jugar, y allí podían estar con toda libertad.

A medida que van creciendo los hijos, las reglas tienen que adaptarse. Antes era no tocar un alambre de corriente eléctrica, pero ahora ya saben cómo usarlo. Ustedes como padres tienen que trabajar juntos para establecer las reglas del juego familiar. No será fácil al principio, pero es una labor imprescindible que a la larga producirá hijos equilibrados, acostumbrados a trabajar dentro de las reglas del hogar y de la sociedad, y más obedientes a las reglas del Señor y su Palabra.

Segundo principio:
ELOGIE, ESTIMULE Y RECOMPENSE A SUS HIJOS POR SU BUENA CONDUCTA

Para muchos padres es más fácil regañar a sus hijos y recordarles en qué han fallado, que animarles con palabras de elogio. Todos necesitamos que nos feliciten, que nos alienten por medio de palabras honestas y directas. No estamos hablando de mentira, ni lisonja, sino de halagos en su sentido positivo. Podemos animar a nuestros hijos a seguir las reglas cuando reconocemos su buena conducta. Nadie nace naturalmente con un sano sentido de autoaceptación. Los hijos dependen de nosotros, especialmente en sus primeros años, en cuanto a su autoimagen. Si sólo les decimos que son desobedientes, traviesos, y aun malcriados, llegarán a creer que sólo son eso. Recuerden que el vocablo «malcriado» tiene más que ver con los padres que con los hijos. Si les damos confianza en su valor, responderán positivamente.

Tengan cuidado de no basar su elogio, felicitación o regaño, en cosas que ellos no pueden controlar como, por ejemplo, su belleza o su inteligencia. Estas son cualidades sobre las cuales no tienen ningún poder. Ellos pueden controlar su propia conducta y sus actitudes. Debemos alabarles y apoyarles en estas áreas. En cuanto a sus estudios, lo más importante no es que saquen las mejores calificaciones del grado, sino que trabajen al máximo de sus capacidades.

Tercer principio:
EXIJA EL CUMPLIMIENTO DE LAS REGLAS EN FORMA JUSTA Y CONSECUENTE

Uno de los errores más grandes de los padres es la falta de coherencia en su disciplina y educación de los hijos. Un día exigen algo, pero al otro día no lo exigen. Esta variabilidad produce inseguridad y exasperación en los hijos. El problema no está en la disciplina en sí, sino en la aplicación. Ellos quieren y necesitan reglas firmes y límites seguros. Cuando establecemos las reglas, entonces nos toca a nosotros asegurar que ellos las cumplan.
Lo precioso es que los niños aprendan a obedecer porque creen en sus padres. Ellos están seguros y contentos en su corazón porque entienden las reglas y la forma de corrección. No son víctimas de la variabilidad ni de la ira.
p 108 Es muy importante tratar el problema de la desobediencia lo más pronto posible. No caiga en el hábito de decir siempre: «¡Ahora vas a ver lo que dice papá cuando venga esta noche!» Esto no es justo para ellos ni para papá. Si dejan pasar demasiado tiempo entre la desobediencia y la disciplina, varias cosas pueden pasar. Es suficiente tiempo para que el niño comience a justificarse en su propia mente, y se convenza de que él es inocente y de que sus padres son malos por disciplinarlo injustamente. Los niños olvidan los detalles de lo sucedido y más tarde no lo recuerdan. La disciplina inmediata busca que el niño aprenda de esta experiencia, pero si se posterga mucho la disciplina le producirá ansiedad e inseguridad y esto le puede afectar seriamente. El hijo que merece disciplina la debe obtener en el momento de la desobediencia. Así aprende que la rebelión produce castigo —principio en la vida real fuera del hogar—que se satisface en el hecho de que en la justicia hay perdón y reconciliación.

Los niños tienen más necesidad de modelos que de críticos.
—Joubert

Cuarto principio:
ESCOJA CORRECTAMENTE EL MÉTODO DE DISCIPLINA QUE UTILIZARÁ

Los padres pueden fomentar odio, miedo, inseguridad, y aun rebelión, en el corazón de sus hijos por no corregirlos, por corregirlos excesivamente, o por corregirlos simplemente. La meta de la disciplina es que produzca obediencia, respeto y responsabilidad en el hijo. ¿Cuáles son los métodos de disciplina?
El primero es la amenaza del aislamiento: «¡Vete a tu cuarto, no quiero estar ya más contigo!» Este método debe evitarse porque fomenta el alejamiento entre padres e hijos y estos lo interpretan como un rechazo, lo cual les duele o enoja.

El segundo es el de avergonzarlos en público, humillándoles ante amigos o desconocidos. Las humillaciones contribuyen a la ira y al desaliento en los hijos.

El tercer método de corregir a los hijos es el de burlarse de ellos o ridiculizarlos. No sólo es ineficaz, sino que es peligroso por los resultados que se obtienen: ira y exasperación.

Una cuarta manera negativa de disciplinar es apelar a la pérdida del amor de Dios. «Dios no quiere a niños malcriados como tú». Es una amenaza terrible para el niño. Los hijos tienen el derecho de saber que el amor de Dios es constante.

Una quinta manera ineficaz de disciplinar, es por medio de los gritos y las amenazas mentirosas. «¡Si no te portas bien te voy a cortar la cabeza!», o «¡La policía te va a meter en la cárcel!», o «¡Un monstruo te va a agarrar!», o «¡Le voy a decir al doctor que te ponga una inyección!»

La pérdida de privilegios es un sexto método. Utilizado con sabiduría puede lograr bastante. «Por desobedecer, hoy no puedes ver televisión»; o «No tienes derecho a salir con tus amigos esta semana por lo que hiciste»; o «No podrás salir a patinar este fin de semana con tu compañero». Con este método podemos hacerles entender que hay consecuencias por su desobediencia y que hay que pagar un precio por la rebelión o la irresponsabilidad. El problema viene cuando la disciplina no concuerda con el delito.

Un séptimo método es el uso de la vara como instrumento de corrección. La clave está en su uso correcto. En primer lugar, debe ser una varita no muy gruesa que cause dolor en su aplicación. Nunca debe utilizar un alambre como vara. Mejor una varita de madera. Además, debe ser utilizada después de una advertencia de corrección y no cuando usted esté enojado. Enséñeles que la vara es instrumento de corrección, es algo objetivo y sin vida. Usted quiere que sus manos sean objetos vivos de amor y bendición, pero la vara es para justicia. Aplique la vara para que cause dolor «equilibrado».

Quinto principio:
EXPRESE SU AMOR Y ACEPTACIÓN, LUEGO LA CORRECCIÓN

No permita que el enojo y el disgusto mantengan la relación rota entre padre e hijo. Al aplicarse la corrección adecuada por un acto de desobediencia, el hijo ya ha pagado por su culpa. Enséñele que usted lo ha perdonado y lo ama. El castigo y la vara los liberan a ambos para recobrar su relación y comunión como padre e hijo. Demuestre su amor con un abrazo, un beso o alguna caricia adecuada y clara. Demuestre su amor con palabras.

Sexto principio:
EXPRESE SU AMOR, AFECTO Y CARIÑO CON REGULARIDAD

Nunca olvide que los niños necesitan amor y afecto, comprensión y aceptación. Usted, como padre, puede llenar estas necesidades fundamentales de muchas maneras. Pero, ¿cómo hacerlo?

En primer lugar, mantenga un contacto visual directo con sus hijos. La mirada fija del padre en los ojos del hijo es importantísima.

En segundo lugar, ofrezca el contacto físico a sus hijos. El toque de amor, aceptación y aprecio da a los hijos un sentido de seguridad. Esto incluye toda clase de caricias, como abrazos, besos, toques en la mano o el hombro. Esto, combinado con el contacto visual, produce un niño con necesidades emocionales satisfechas.

En tercer lugar, comunique su amor verbalmente. Exprese este amor con palabras específicas y frecuentes. Establezca una relación abierta de comunicación con sus hijos, compartiendo con ellos, y desarrollando una comprensión mutua.

En cuarto lugar, ofrezca atención enfocada en sus hijos. Aquí estoy hablando de ratos cuando les prestarnos a nuestros hijos, uno por uno, toda nuestra atención e interés.

Séptimo principio:
AL CRECER LOS NIÑOS, INVOLÚCRELOS EN LAS DECISIONES FAMILIARES

Durante el proceso por el cual pasan los hijos desde la infancia hasta cuando salen del hogar, los padres tienen que tenerles en cuenta en las decisiones familiares. En los años de la primera infancia y niñez, nosotros, como padres, tomamos casi todas las decisiones familiares. Pero llega el tiempo en que ellos, como hijos, tienen algo que decir, particularmente si la decisión les afecta de manera directa. Este diálogo comienza, probablemente, durante los estudios de primaria, cuando los hijos pueden razonar mejor. Hay dimensiones que ellos pueden comentar y sus opiniones son importantes. Esto no significa que los padres pierdan su autoridad. Ellos mantienen el derecho y la responsabilidad de la decisión final.

FUENTE: Guillermo D. Taylor, «LA DISCIPLINA EN EL HOGAR», en La familia desde una perspectiva bíblica (Miami, FL: Editorial Unilit, 2003), 105–111.

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