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MISIÓN

La misión es de Dios (missio Dei), quien desea que todos “sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti. 2:4). Dios envió a su Hijo al mundo, el Hijo envió a sus discípulos al mundo, y el Padre y el Hijo enviaron al Espíritu Santo para dar poder a la iglesia en su misión de buscar a los perdidos. Idealmente se puede decir que cuando la iglesia envía a sus obreros, el Espíritu Santo también los envía (Hch. 13:1–4).

“Misión” es el término teológico más amplio. Incluye todas las actividades salvíficas de la Trinidad y de la iglesia para la extensión del reino de Dios en la tierra (Verkuyl). El término “misiones” se refiere comúnmente a la obra misionera mundial, aunque también puede relacionarse con la teología y teoría de misión. “Misión” o “misiones” también pueden denotar organizaciones que toman parte en el trabajo misionero. “Misiología” es la disciplina académica que estudia y describe el campo completo de la misión y las misiones desde las perspectivas bíblica, teológica e histórica, con la información adicional pertinente de las ciencias sociales.

La misión en las Escrituras. La revelación de Dios como Creador y Redentor de la humanidad comienza a verse con mayor nitidez en la promesa que recibió Abraham en el pacto, todas las naciones de la tierra serían bendecidas por medio de él (Gn. 12:3). Este tema universal sigue desarrollándose en el AT, particularmente en Salmos y en los libros proféticos. Sin embargo, Israel tendió a comprender su religión como monopolio étnico, y no cumplió la misión señalada por Dios de ser luz a las naciones (Is. 42:6). De manera que Dios tuvo que crear un nuevo Israel, la sociedad universal de la iglesia, para que sirviera como su agente misionero en el mundo. Cristo inició la misión primeramente a los judíos, por medio de su propia actividad misional y del envío de los 12 y los 70. En el tiempo entre su resurrección y ascensión, Jesús indicó que la misión era explícitamente universal. Esto lo hizo por medio de la Gran Comisión que envía a toda la iglesia, para ir a todo el mundo y con todo el evangelio. El libro de Hechos y las epístolas registran cómo la Iglesia Primitiva cumplió el mandato de su Señor y llevó el evangelio hasta lo último de la tierra en el mundo que conocían (Hch. 1:8).

Uno de los misterios de la interpretación del NT es este: aunque obviamente hubo misioneros activos en la Iglesia Primitiva, ¿cuál es el término para “misionero” en el NT? Podemos encontrar una clave en el uso que la Iglesia Ortodoxa Griega le dio desde sus comienzos a la palabra αποστολες (apóstolos, “apóstol” o “mensajero”) para el ministerio misionero, incluyendo referencias bíblicas a Jacobo y los compañeros de Pablo (Gá. 1:19; Ro. 16:7; 2 Co. 8:23; Fil. 2:25; Hch. 14:4, 14). La Iglesia Católica Romana ha mantenido el término “apostolado” para designar el ministerio misionero. Kirsopp Lake declara categóricamente que la palabra apóstolos tiene dos usos en el NT; uno está limitado a los 12 en ciertos contextos, y el otro se usa en el sentido de misionero cristiano (Jackson y Lake, The Beginnings of Christianity [Los inicios del cristianismo], 5:50–51). Entre los eruditos hay un consenso creciente en considerar que este uso más amplio de “apóstol” se refiere realmente al “misionero” del NT (Hesselgrave).

El significado teológico de misión. El objetivo fundamental de las misiones es glorificar a Dios al cumplir sus propósitos redentores para la humanidad mediante la extensión del reino de Dios. Este objetivo evangelístico está delineado en la Gran Comisión: (1) hacer discípulos e (2) incorporarlos a las iglesias. No debemos pensar que el compromiso evangélico hacia el evangelismo bíblico excluye la preocupación social y la búsqueda de justicia social para todos; más bien, se requiere de este aspecto como corolario apropiado del evangelismo. La misión de la iglesia la deben iniciar especialistas (misioneros, evangelistas y quienes establecen nuevas iglesias). Sin embargo, se cumple mejor el objetivo cuando todos los creyentes se comprometen a testificar utilizando sus dones espirituales, en respuesta al llamado y a la necesidad del ministerio. Esto puede ser en tribus o en las grandes metrópolis del mundo.

La única salvaguarda para no llevar el contenido del evangelio al sincretismo es la adecuada indigenización y contextualización de las formas del evangelio, estableciendo iglesias responsables y con gobierno propio. El envío de misioneros debe continuar mientras la vasta mayoría de personas en el mundo no conozca el evangelio ni tenga a alguien cerca que lo transmita. Debemos comprender que la base y el campo de la misión tienen alcance mundial. No debemos excluir ni descuidar a ninguno que no conozca el evangelio, ya sea que viva cerca de nosotros o al otro lado del mundo.

Fuente: Paul R. Orjala, «MISIÓN, MISIONES, MISIOLOGÍA», en Diccionario Teológico Beacon, ed. Richard S. Taylor et al., trad. Eduardo Aparicio, José Pacheco, y Christian Sarmiento (Lenexa, KS: Casa Nazarena de Publicaciones, 2009), 439–441.

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