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EVANGELISMO

Es la actividad de los cristianos por medio de la cual buscan anunciar el evangelio y persuadir a las personas a que crean en el Señor Jesucristo. Esta actividad puede realizarse en forma privada y personal, o pública empleando algún tipo de predicación evangelística y métodos para lograr una respuesta inmediata. En general, se considera el evangelismo como la primera responsabilidad de la iglesia, que debe participar en ella continuamente y con cierto grado de sistema y organización. El método más popular en los siglos XIX, XX y el actual ha sido realizar campañas evangelísticas de avivamiento. Sin embargo, en los últimos años ha habido mayor interés en entrenar a los laicos para que evangelicen por medio de su ocupación diaria y testimonio personal.

Cualquier actividad de la iglesia que tenga como objetivo lograr conversiones es una forma de evangelismo. Aun la escuela dominical, aunque es principalmente una agencia educativa, ha sido muy efectiva como instrumento para llegar a las personas y para el evangelismo. Cualquier otro departamento y actividad debe ser dirigido al evangelismo, y debe evaluarse en términos de su potencial evangelístico.
Aunque misiones y evangelismo están generalmente desconectados en la iglesia local, en esencia son lo mismo. En un sentido amplio, las misiones son una subdivisión del evangelismo; es decir, es el evangelismo que realizan los misioneros que sirven en otros lugares; mientras que popularmente el evangelismo se concibe como la actividad de ganar almas en el ámbito local.

El corazón de la palabra evangelismo es “ángel”, que siempre se refiere a un “mensajero del Señor”. Todos los cristianos debemos participar en el evangelismo, ya que cada cristiano es un testigo o mensajero del Señor. Toda persona que es genuinamente convertida al Señor Jesucristo testificará lo que él ha hecho en su vida. Nadie ha de ser espectador; por el contrario, todos debemos ser participantes en proclamar las buenas nuevas del amor redentor de Cristo.

El evangelismo desde el púlpito pone la responsabilidad en la participación de la congregación en actividades espirituales. Estas generan la atmósfera en la cual los no salvos tienen una confrontación con el Espíritu Santo. En este ambiente espiritual, los adoradores se unen en un espíritu de obediencia colectiva que permite que las personas respondan en obediencia al Señor. Esta forma de evangelismo se llama “evangelismo en masa”, aunque la exactitud del nombre es dudosa ya que la decisión final es personal. El evangelismo no es sicología de masas ni histeria colectiva.

En el evangelismo personal se hacen contactos individuales, de persona a persona, para el Señor. Cada cristiano debe tener una forma de ganarse la vida, pero también debe tener un propósito para su vida. Este último aspecto está relacionado con su deseo de ganar almas para el Señor. La movilización total de los laicos para ganar a nuestra sociedad para Cristo es el mayor desafío que enfrenta la iglesia hoy. La iglesia hará un impacto en la sociedad solamente cuando los cristianos conviertan los contactos casuales en el trabajo, en la oficina y en el vecindario, en oportunidades para testificar de Cristo.

Teológicamente, el evangelismo es la tarea primordial de la iglesia como cumplimiento de la Gran Comisión (Mt. 28:19–20). Esto presupone que la humanidad está perdida, que todos pueden ser salvos en Cristo, y que el Espíritu Santo es fiel en intervenir por medio del testimonio y la predicación para despertar la conciencia y lograr la conversión de los pecadores. En un sentido, el evangelismo es labor humana que implica actividad intencional; requiere entrenamiento, habilidades, planeamiento, estrategia y, en general, cierto grado de organización. Sin embargo, aunque la iglesia gane adherentes, no logrará conversiones, como lo dicta el NT, a menos que sea guiada por el Espíritu e investida de su poder.

Fuente: Mendell L. Taylor, «EVANGELISMO», en Diccionario Teológico Beacon, ed. Richard S. Taylor et al., trad. Eduardo Aparicio, José Pacheco, y Christian Sarmiento (Lenexa, KS: Casa Nazarena de Publicaciones, 2009), 281–282.

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