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EL EVANGELIO EN PABLO

El Apóstol presenta el evangelio como “la buena nueva de Jesucristo”, lo que indica que es la única noticia para el hombre, y su presentación personal se da en Cristo. Cuando habla de “mi evangelio” (Rom. 2:16; 16:25) lo hace de manera muy personal, lo que para él significa el evangelio. No es otra religión más en su medio. El “mío” es personal y con el agravante que tiene en su vida las marcas por seguir el evangelio; además él conoce un solo evangelio (Gal. 1:16) y a aquellos que se atrevan a anunciar otro diferente los llama anatemas (Gál. 1:8) En todos sus escritos el evangelio es Jesucristo mismo, no es que Jesús venga anunciando el evangelio sino que es el contenido y el mensaje en sí mismo.

El apóstol Pablo en sus cartas se hace “servidor” del evangelio por la necesidad que tienen las iglesias de fundamentar su fe ante las herejías que la asolaban en ese momento. Su afán es como lo dice “por cuanto permanecéis fundados y firmes en la fe, sin ser removidos de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual ha sido predicado en toda la creación debajo del cielo. De este evangelio yo, Pablo, llegué a ser ministro” (Col. 1:23), este hecho de ser siervo implica que estaba para ejercer un servicio en la predicación y la enseñanza del evangelio. Pablo se ve a sí mismo con una gran necesidad de proclamar el mensaje en la sinagoga a donde primero llegaba para exponerlo, luego ante las demás razas y culturas de su tiempo. Jamás lo vemos cambiando de opinión pues su expresión es “no me avergüenzo del evangelio; pues es poder de Dios para salvación…” (Rom. 1:16), antes bien, lo vemos sufriendo azotes, encarcelamiento, persecución, todo por causa de ser servidor del evangelio.

Para el Apóstol el evangelio es Cristo, el cual debe ser predicado, proclamado, anunciado y enseñado, verbos que siempre son utilizados en sus cartas para mostrar la urgencia del mensaje que necesita el mundo que lo rodea. Pablo presenta el anuncio del evangelio por medio de la palabra hablada y escrita, apoyada en las Escrituras que se tenían en ese momento como lo eran la LXX y los escritos del A. T. conservados por el pueblo judío.

Lo básico del evangelio, según Pablo, residía en puntualizar los efectos de la salvación a través de la muerte y resurrección de Jesucristo. Él anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos y que nos libra de la ira venidera si llegamos a una confesión y arrepentimiento en el nombre de Cristo. El evangelio no solamente es proclamar la muerte y resurrección de Jesucristo sino que es el poder de Dios que debe propagarse a los hombres, por eso, Pablo invita a poner fija la mirada en el evangelio como el instrumento que sirve al Padre para dirigirse a los hombres. Nos pide una respuesta de fe y amor, porque el evangelio es de Dios. Este mismo no se predica sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo quien asiste eficazmente en la proclamación.

Para Pablo la dirección hacia donde se dirige el evangelio tiene un sentido universal, pues su fórmula “para todo aquel que cree”, no llega sólo a los judíos sino a las demás razas (gentiles), porque para Dios no hay diferencia de razas o culturas sino que el evangelio es para todos.

Pablo tiene también una concepción del evangelio como “misterio” o secreto, pero como algo que está tan escondido que es difícil encontrar. El misterio es la revelación del plan de Dios en la vida de toda persona que confiesa a Jesucristo como el salvador de su vida, allí Dios revela su gracia y su amor a medida que vamos conociendo de él a través de su Palabra y nuestro acercamiento. El misterio es cristocéntrico porque Cristo es el plan secreto de Dios (Col. 1:15–17; 2:2) y no podrá ser conocido por medios normales de comunicación sino a través de la experiencia y vivencia de un Dios en la vida del que ha creído en Cristo. Este misterio no está revelado sino en parte al creyente en Cristo y su conocimiento en forma total será dado en un futuro próximo.

Fuente: Juan Carlos Cevallos, Comentario Bíblico Mundo Hispano tomo 19: Romanos. (El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 2006), 13–14.

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