
En la práctica, el matrimonio se constituye en un territorio de guerra y de paz. En efecto, cuando ello no ocurre es porque, de alguna manera, uno de los cónyuges ha sido anulado por el otro, dominado, suprimido como persona. De otro modo, cuando ambos cónyuges son sinceros y dejan entre sí cierto espacio de libertad, surge, inevitablemente, la guerra. Bueno, no una guerra sin cuartel —¡esperamos que no sea así en su caso!— sino, más bien, de conflictos o problemas. Pero la guerra tiene que dar lugar a la paz, a la reconciliación. Este es nuestro tema de hoy. Nos basaremos en un trabajo muy práctico elaborado por el Dr. Guillermo David Taylor, que fue profesor de «Hogar Cristiano» en el Seminario Teológico Centroamericano de Guatemala, asignatura muy enriquecedora para quienes tuvimos el privilegio de cursarla. También veremos cómo se puede restaurar la paz y tender puentes de comunicación.
En este estudio
- Conoceremos las armas más comunes que se utilizan en la «guerra matrimonial».
Recuerdo bien que durante mi noviazgo con Ivonne tuve unos problemas de comunicación con ella. Llegué tarde a mi casa una noche, tratando de entrar a mi cuarto sin despertar a mis padres. Silenciosamente, me prepare para dormir, cuando de repente la puerta se abrió y entró mi padre, la persona que menos quería ver aquella noche. Se sentó sobre la cama, y con su voz tranquila y su mirada penetrante me preguntó: «¿Tienes problemas con Ivonne?» No pude negarlo y, para alivio mío, él no quería detalles de las tensiones. Pero lo que me dijo después ha quedado grabado en mi memoria como pocas cosas. «Guillermo, no es fácil tener y desarrollar un buen matrimonio. Hay que trabajar, trabajar duro y constantemente en el hogar. Tu madre y yo tenemos una excelente relación porque con la ayuda de Dios hemos luchado para que así fuera. Pero nunca será fácil» Y después de una amena y comprensiva conversación, me dejó solo, y despierto. ¡Qué profeta!
Pocas parejas en la noche de su boda se dan cuenta de los problemas que pronto van a encontrar. Muchos novios ingenuos llegan al altar creyendo que los delirios románticos de las telenovelas y sus sueños idealistas se van a cumplir en su recién estrenado matrimonio. Pero no es así, y en la mayoría de los casos, los problemas vienen antes de lo esperado. Muchos problemas surgen por cosas relativamente insignificantes, tales como la manera de sacar la pasta de dientes del tubo, o de tirar la ropa sucia, o cómo dejan la tapa del inodoro (¿abierta o cerrada?). «¿En qué me he metido?», se dicen a sí mismos, y dudan si van a poder aguantar.
Creo que hay que recordar que los problemas en sí son normales en la vida, y aún más en un hogar donde por primera vez dos p 69 personas están viviendo juntas las «24 horas del día», bajo el mismo techo, tratando de amarse, entenderse, crecer mutuamente, y solucionar los problemas a medida que vienen. Con razón Cristo afirma que el matrimonio ha de ser para siempre. Lleva toda una vida el comprenderse, apreciarse, y llegar a la armonía mutua, que sólo viene con el tiempo.
En este capítulo quiero, en primer lugar, presentar algunas de las «armas» de la batalla matrimonial; en segundo ofrecer algunas sugerencias que sirvan para restaurar y construir puentes de comunicación y, finalmente, concluir señalando unos pasos para vivir sabiamente en el hogar.
LAS «ARMAS» DE LA GUERRA MATRIMONIAL
Durante un retiro para parejas cristianas jóvenes tuvimos un fascinante diálogo en grupo. Les había pedido que hicieran una lista de las «armas» que se utilizan en el matrimonio y, con gran espontaneidad, surgieron las siguientes:
1. La ira y su explosión.
2. El silencio.
3. Las lágrimas.
4. Las palabras fuertes.
5. Las actitudes despreciativas.
6. Fingir enfermedades.
7. La oposición permanente.
8. El sexo.
9. Abandono del hogar.
10. Los privilegios.
11. El maltrato físico.
Los he colocado más bien en el orden en el que se mencionaron, no en el de gravedad, porque todos son serios. Tal vez usted conozca otros más que no he mencionado pero, francamente, los once son casi demasiado para mí. Comentemos algunos de estos «armamentos».
La ira, seguida rápidamente por la explosión, es una de las «armas» más comunes usadas en el hogar. Las tensiones crecen a causa; de malos entendidos, deliberados o sin intención. Llega el encuentro y la calurosa discusión, a veces al rojo vivo. Se calientan los ánimos y nos olvidamos del proverbio: «La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor» (Pr 15:13). Saltan las palabras y pensamientos hirientes, y en unos segundos estamos lanzando bombas de profundidad. A veces recurrimos a otras armas para agudizar el problema. En fin, estalló el conflicto, y ¿ahora qué? A veces es posible lograr la calma instantáneamente pero, por lo regular, se requiere un poco (esperamos que no mucho) de tiempo para que los dos recuperen el equilibrio y la objetividad. Lo más importante en estos casos es reconocer que los dos han tenido la culpa, que pidan y ofrezcan perdón, y que traten la chispa original con la calma de dos cristianos maduros. ¡Ojalá fuera tan fácil!
El silencio, como castigo, es uno de los más difíciles de tratar dentro del matrimonio y, probablemente, la mayoría de las parejas lo han utilizado alguna que otra vez. Algunos cónyuges se especializan en esta arma. Recuerdo un caso en que el esposo aplicó el tratamiento del silencio a su esposa durante tres meses; y durante todo el tiempo se mantuvo en el hogar, relacionándose «normalmente» con los demás miembros de la familia. Poco después supe de un hogar donde guardaron silencio ¡por dos años! ¿Por qué usamos este tipo de castigo? A veces, es porque francamente no sabemos qué decir, y es preferible no decir nada, y esta situación puede prolongar el silencio como castigo fuerte. En otros casos, es arma de pura venganza e ira. Cuando se prolonga, revela incapacidad, o p 71 falta de deseo, de solucionar el problema, de encararlo objetivamente como hombre y mujer cristianos. Se prefiere dejar a la otra persona en la condición de no saber qué hacer ni qué decir.
Las lágrimas casi siempre son un arma más usual en las esposas que en los esposos. Hay pocas armas que descontrolen tanto al marido como una catarata de lágrimas y sollozos. ¿Qué se puede hacer? Si habla, llora más; y si no dice nada, sigue llorando. Las lágrimas son una expresión emocional legítima del ser humano. Se llora por muchas razones, desde alegría hasta ira. En el matrimonio creo que más se llora por haber recibido maltrato, por sentimiento de culpa, o a causa de enfermedad o embarazo. En sí, no hay nada malo en llorar, y puede ser una buena catarsis emocional en que se descargue la tensión acumulada. Pero cuando se comienza a utilizar consciente o inconscientemente como mecanismo de defensa, entonces sí hay problemas serios. Llega a ser un escape de la realidad, una negativa a enfrentar el problema, o una manipulación muy eficaz, pero destructiva del hogar.
Las palabras fuertes tienen muchas variedades. Son una de las armas más fáciles de utilizar. No tienen que incluir vocablos vulgares o blasfemos, aunque a veces ocurren. Muchas veces las palabras revelan las propias debilidades que estallan en el momento de la ira. Se hace referencia al pasado de uno de los cónyuges o a sus familiares o, lo que es peor, a la suegra. Se mencionan muchas cosas que no se pueden controlar ni cambiar, como defectos emocionales o físicos, obesidad, incapacidad de concebir hijos, u otras parecidas. Muchas veces estas palabras fuertes van acompañadas de «nunca» y/o «siempre» en contexto negativo. ¡Qué formidable el pasaje de Efesios 4:25, 29, 31, 32!
Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra p 72 boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.
Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros; como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
Este párrafo lo he dado como tarea para memorizar a parejas que vienen en busca de orientación para un matrimonio en crisis. Es una tremenda terapia espiritual.
Las actitudes despreciativas son sutiles y algunas personas las han llevado a un grado singular de perfección. A veces, sólo la pareja entiende lo que se le ha comunicado a través de un gesto o una mirada. Pero el observador astuto llega a «pescar» estas actitudes. A veces surgen en privado, otras en público. Unas veces vienen sin palabras, otras cambian el gesto o la mirada con palabras suaves que son como la mordedura de una silenciosa serpiente venenosa. En privado o en público, en ocasiones el arma se utiliza sin que el cónyuge «atacado» lo sepa. Si es en privado, Dios lo ve, y si es en público, a veces no sólo Dios, sino otras personas notan que el matrimonio tiene problemas.
En cierta ocasión, una pareja de amigos estaba de visita en nuestro hogar. Ese día, no recuerdo por qué motivo, le di a Ivonne una rosa amarilla. La esposa visitante le comentó: «¡Qué bonita flor!», a lo que Ivonne comentó que yo se la había dado ese día. «¿Y qué, has celebrado algo especial?» Al recibir la explicación, ella comentó en presencia de su marido: «¡Ojalá que mi esposo fuera tan sensible con su esposa!» Fue un golpe directo y penetrante; esas palabras nos dijeron mucho de esta pareja y sus problemas. También fue como un clamor desesperado por parte de la esposa hacia su esposo para que él la tomara más en cuenta en p 73 cosas pequeñas y cariñosas. Él nunca cambió, desafortunadamente, y ella siguió tirando esas «indirectas».
Fingir enfermedades casi requiere el comentario de un buen médico, psicólogo o psiquiatra cristiano. Yo no lo soy, pero reconozco que usar la excusa de una enfermedad crónica requiere ayuda profesional para establecer las causas y la terapia de solución. Esta arma indica causas muy profundas, muchas de las cuales regresan a la infancia, la niñez y la juventud del que la usa. Sin embargo, en algunos casos, cuando la persona se da cuenta de lo que está haciendo, sí hay esperanza de cambiar, enfrentar los problemas y solucionar las tensiones.
La oposición permanente casi no merece comentario. Revela a un adulto infantil, que al no poder salirse con la suya en su matrimonio, se desquita de esa forma. Cuando en el aconsejamiento matrimonial surge esta queja, trato de investigar algo del hogar en que creció el que usa esta arma, y en particular su relación con los padres y la manera en que educaron y disciplinaron, o no, a sus hijos. Pero siempre en problemas matrimoniales se requieren dos personas para causar el lío, y busco averiguar cuándo aparece esta arma de inmadurez. Muchas veces por medio del consejero cristiano, o incluso mediante la lectura de un libro que trate el tema, se puede descartar esta arma y seguir hacia la madurez cristiana.
El arma sexual es una de las más delicadas, menos compartidas, y más utilizadas en el matrimonio. Por su naturaleza privada, pocas personas van a pedir en público o privado ayuda en oración por un cónyuge que esté negándose a la relación sexual. ¿Por qué surge esta situación? Era un problema en Corinto por el concepto que algunos casados tenían del matrimonio y el sexo. San Pablo, en 1 Corintios 7, tuvo que dirigirse a una idea que venía de la filosofía griega, en la que se afirmaba que todo lo espiritual era bueno y todo lo material estaba propenso al pecado, o aun era en sí malo. ¿Y qué cosa más «material» que la relación sexual?
Por eso, en busca de «santidad», algunos cónyuges habían dejado de practicar esa relación íntima. San Pablo aconsejó a la iglesia de Corinto con palabras directas. Puede ser que hoy aparezca esta arma envuelta con la misma excusa, y el consejo paulino es igual. Pero más bien creo que aparece como castigo muy eficaz al cónyuge que ha cometido una falta, y no por razones espirituales. Si la esposa lo hace, el marido la puede forzar a tener relaciones íntimas, pero probablemente no va a querer hacerlo. Si es el esposo quien se niega, no hay nada que la esposa pueda hacer para forzarlo a cumplir con su deber conyugal. Él, simplemente, no puede por razones fisiológicas. Es un arma peligrosa porque puede llevar a la persona a la que se le niega a buscar satisfacción en otra parte, y eso sólo complicaría el problema.
El abandono del hogar surge como última arma nocturna en muchas peleas matrimoniales. A continuación de una fuerte y acalorada discusión, con sus palabras abusivas, ira, lágrimas, y actitudes despreciativas, uno de los dos abre la puerta con violencia, la cierra con un tremendo golpe, y sale furioso. Cae el silencio, pero el problema se ha agudizado. El esposo es el que puede usar esta arma más, porque le es más fácil salir de casa y buscar otro lugar donde estar, pero la esposa también la utiliza. Lo peor es cuando él se escapa a casa de su querida mamita, que lo ha mimado tanto. En muchos casos tiene resultados peligrosos para el futuro del matrimonio. Una fuga, como arma, refleja debilidad de carácter, incapacidad de enfrentar las causas del problema, y la ira que surge. Pero es síntoma de problemas más serios que se tienen que tratar a fondo.
La privación de privilegios casi siempre es utilizada por el hombre que trata de imponer su autoridad y machismo sobre la mujer —objeto que tiene en sujeción en su hogar-dominio. Es una forma de castigar a la esposa como si fuera una niña, no permitiéndole que salga de casa para ir a la tienda, a la iglesia, a pasear, u otra cosa semejante.
El maltrato físico es lo más drástico, y es de lamentar que ocurra también en hogares que se llaman cristianos. La ira descontrolada que desemboca en golpes es el extremo de un adulto sin dominio propio. En una iglesia evangélica llegó un cierto domingo al culto una joven esposa con un nuevo peinado. Alguien la felicitó por estrenar el peinado; pero después, en una conversación íntima, la señora confesó que la razón por la cual lo tenía era porque esa semana su esposo la había golpeado tanto que le arrancó manojos de cabello. Ella tuvo que recurrir a un salón de belleza para que le igualaran el pelo.
Las armas que forman el arsenal de la guerra matrimonial son amplias, devastadoras, y pueden llevar al hogar a la desintegración total. Evalúe usted su propio hogar para ver cuáles utiliza para la defensa y el ataque. Analice el porqué de su uso y, progresivamente, elimínelas de su vida a fin de poder disfrutar de un hogar genuinamente cristiano.
El corazón siempre tiene la facultad de perdonar.
—Mad. Swetchine
«Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros» (Ro 15:14).
Pablo, como apóstol sabio, sabía que las relaciones humanas eran frágiles, y que se necesitaba un esfuerzo constante para mantener abiertas las líneas de comunicación. También sabía que en algunas ocasiones era necesario que una persona hablase en confianza con el cónyuge para corregir o enderezar algo en su vida. Por eso escribe este pensamiento. Pero noten las condiciones para poder amonestar al otro: estar llenos de bondad o controlados por motivos bondadosos; y estar llenos de conocimiento y controlados por la comprensión del caso. Sólo así será posible una «amonestación» positiva —vocablo y concepto más fuerte que el de «exhortación»— de cristiano a cristiano.
La aplicación al hogar es clara y aparentemente fácil, pero se requiere sabiduría para saber cómo hacerlo. Supongamos que usted como esposo o esposa ha observado algo en su cónyuge que le inquieta o molesta. Tal vez usted nota que han dejado de compartir en algunas áreas, o se da cuenta de que su cónyuge está pasando por una situación difícil en su vida. Tal vez usted desea hablar acerca de temas de gran envergadura que afectan al futuro de su hogar. O tal vez es una irritación relativamente pasajera, pero que necesita y merece un diálogo para arreglar las cosas. Las sugerencias que menciono ahora tienen el propósito de poder realizar a cabo conversaciones saludables que fortalecerán su matrimonio. En cualquier caso, usted, sea esposo o esposa, debe haber tomado la iniciativa para entablar el diálogo. Es mejor cuando los dos se ponen de acuerdo para dar estos pasos en la comunicación.
En primer lugar, pida la ayuda de Dios. Usted necesita al Señor para estar seguro de que el tema merece discutirse. Necesita al Señor para saber cómo iniciar la conversación y qué puntos enfocar y qué palabras utilizar. Usted necesita al Señor para mantener la serenidad. Ore al Señor. Al orar, tal vez se dará cuenta de que hay que esperar un buen tiempo antes de dar el segundo paso.
Segundo, busque la ocasión apropiada. Hay momentos en que en ningún sentido se debe comenzar una conversación seria de este tipo, por ejemplo, en el momento de salir de casa para ir a la iglesia el domingo por la mañana. Ese tiempo es para terminar de arreglarse a fin de poder llegar a la iglesia sin estorbo ni enojo. De por sí, el domingo por la mañana Satanás parece activar todo su ejército de demonios para neutralizar a los cristianos. Yo, como esposo, sé también que nunca debo iniciar un diálogo difícil durante la tarde, entre las 17:00 y las 19:00 horas. Ese tiempo es el más difícil para la familia. La esposa está tratando de preparar la cena, p 77 los niños están con hambre, el esposo irritado por algo que le pasó, y todos cansados por el trajín del día. Para nosotros, la hora mejor es cuando los niños ya están en cama, el trabajo de la cocina ha terminado y los dos estamos solos.
Debe ser un tiempo sin los niños, porque muchas veces el tema tendrá que ver con ellos. También el hablar en privado es básico para mantener detrás de las puertas de la alcoba la naturaleza del tema y el proceso de la conversación.
En tercer lugar, presente su tema y su punto de vista. Trabaje con lenguaje sencillo, con un argumento lógico y claro, y con serenidad. Hable pausadamente, estando seguro de que usted está comunicando fielmente sus ideas. Puede ser que el tema requiera un tiempo muy breve. Por ejemplo, si se trata de la manera en que el esposo tira sus zapatos en cualquier lugar por la noche, esto no requiere mucho tiempo. Pero si se trata del futuro de la familia y de un cambio de trabajo o residencia, o de una cosa más profunda, entonces asegúrese de que haya tiempo adecuado para expresar su punto de vista, con lugar también para respuesta:
No se enoje en el transcurso del diálogo. Esto suele suceder cuando usted nota reacciones visibles en la cara o frecuentes interrupciones. Tal vez pierda usted su lógica o su calma, y como quizás el tema sea algo delicado, está propenso a perder el control de sus emociones. Recuerdo que una vez, mientras Yvonne hablaba acerca de un problema, comencé a irritarme rápidamente, y ella me tuvo que parar diciendo: «Guillermo, no te enfades. Permíteme explicarte todo el caso y después puedes contestar». Esto me tranquilizó, y ella continuó. Fue duro de todos modos, pero por lo menos nadie se enojó en aquella ocasión.
En quinto lugar, ofrezca una oportunidad para responder. A veces es difícil que la otra persona espere para responder, pero es lo deseado. Hay que ser sensible a la respuesta, porque muchas veces nos autoengañamos y no vemos las cosas con claridad. También, en la respuesta puede venir una explicación del «porqué», la cual lleve a los dos a un mejor entendimiento y satisfacción.
Si es necesario, pida y ofrezca perdón. Esto es dificilísimo en nuestra cultura. A pesar de ser cristianos, no nos gusta pedir perdón. Pero no hay reconciliación sin perdón mutuo. Recuerdo una pareja que nunca pudo perdonarse, por lo cual el matrimonio tenía toda la garantía del fracaso. Pedir perdón es difícil porque nos obliga a reconocer que hemos errado, que somos culpables. A veces no lo queremos hacer porque no queremos reconocer dentro de nosotros mismos que hemos pecado, y mucho menos queremos que la otra persona lo sepa también. Pero hay pocas cosas más terapéuticas que perdonar y ser perdonado. Por diferentes razones, muchas veces nos es difícil perdonar. En parte porque significa hacernos vulnerables ante la otra persona, en parte porque estamos heridos personalmente y no podemos perdonar en el momento, y en parte porque cuando alguien pide perdón nosotros tenemos poder sobre la persona, y no queremos ceder nuestra posición superior. Aquí es donde la ética cristiana corta contra toda formación cultural y social que dice: «No ceda, no sea débil, no sea cobarde, no perdone ni pida perdón». En el matrimonio hay que pedir perdón y hay que perdonar… muchas veces.
Finalmente, después de toda la conversación, que tal vez ha sido difícil, entregue el problema al Señor. Él nos conoce mejor que nosotros mismos; Él entiende nuestras aspiraciones. Acudamos a Él para la restauración y la tranquilidad. Probablemente, muchos de nuestros problemas más serios menguarían en dificultad si recurriésemos más al Señor en profunda oración.
FUENTE: Guillermo D. Taylor, «LA COMUNICACIÓN EN EL MATRIMONIO», en La familia desde una perspectiva bíblica (Miami, FL: Editorial Unilit, 2003), 67–78.











