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LA GRAN COMISIÓN (Mateo 28:16-20)

No sabemos con seguridad cuánto tiempo transcurrió entre la aparición de Jesús a las mujeres el Domingo de Pascua y su aparición a los once en Galilea. Sabemos que Jesús apareció a varias personas en diversos lugares durante 40 días antes de ascender al cielo (Hechos 1:3). Puede ser que este incidente ocurrió al final de los 40 días.

La reacción de los once es la misma de las mujeres el Domingo de Pascua. Adoraron a Jesús. Aquí, al final del evangelio de Mateo, los once hicieron lo mismo que los magos al comienzo de la historia (Mateo 2:11). Hacemos bien en considerar que la adoración que hacemos aquí en la tierra la haremos también en el cielo. “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12).

¿Qué significa que algunos dudaron? ¿Pudieron adorar y dudar al mismo tiempo? Cuando consideramos Lucas 24:36–49 y Juan 20:19–29, casi no parece posible que hubieran dudado de la resurrección. Quizás nada más estaban confundidos en ese caso. Jesús siguió apareciendo y desapareciendo sin avisar. Nunca supieron con seguridad cuándo lo verían de nuevo o si lo volverían a ver. Tampoco estaban seguros de lo que Jesús quería que ellos hicieran ahora. ¿Qué planes tenía Jesús para ellos en el futuro?

La gran comisión es la respuesta de Jesús a sus dudas. Una razón por la que Jesús les dijo que se reunieran con él en Galilea pudo ser para que se apartaran de las multitudes y de las distracciones de Jerusalén. Y como pronto ascendería a la diestra de su Padre, quería aprovechar bien las pocas oportunidades que quedaban para instruirlos.

Así que Jesús se reunió con los once en una montaña de Galilea, quizás muy poco después de la pesca milagrosa y de la restauración de Pedro, que ocurrió a la orilla del mar de Galilea (Juan 21:1–22). Jesús no ascendió desde esa montaña en Galilea, porque Lucas nos dice que ascendió del monte de los Olivos, fuera de Jerusalén (Lucas 24:50–53 y Hechos 1:9–12).

Mateo no indica que alguien, además de los once, estuviera presente, ni su relato descarta la posibilidad de que otros creyentes hubieran estado presentes. Sin tener en cuenta quiénes estaban presentes, el relato pone en claro que la gran comisión se aplica a otros además de los once (“y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”). Así como el mandato de Jesús referente al oficio de las llaves (Mateo 16:19; 18:15–20; y Juan 20:22, 23) y la Santa Cena (1 Corintios 11:23–26) se aplican a todos los cristianos y no sólo a los apóstoles, también la gran comisión de Jesús se aplica a todos los creyentes de todos los tiempos.

Para que Jesús diera esa gran comisión, debía tener la autoridad correspondiente. Jesús pone en claro que su autoridad es ilimitada; reclama toda autoridad en el cielo y en la tierra, algo que sólo Dios puede decir. Pero también dice que toda esa autoridad “me es dada”. Con esas palabras Jesús afirma que es el Hijo del hombre, a quien el Anciano de días le ha dado toda autoridad (Daniel 7:13, 14). Ahora él les delega a los discípulos la autoridad que el Padre le delegó a él: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Les da la autoridad y la responsabilidad de ir y hacer discípulos a todas las naciones bautizándolos en el nombre del Dios trino y enseñándoles a obedecer todo lo que él ha mandado. Cuando la iglesia de Cristo proclama el evangelio apostólico y administra los sacramentos de Cristo, tiene la promesa de Cristo de que siempre estará con sus seguidores, obrando por medio de su Palabra y sacramentos para hacer y guardar a las personas como sus discípulos, sus creyentes.

El uso litúrgico de la gran comisión es significativo. Aquí Cristo instituye el sacramento del Santo Bautismo. La fórmula bautismal trinitaria (“… en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”) se usa también en la invocación y en la absolución, y el Gloria Patri se basa claramente en ese texto. La Oración Matutina y la Oración Vespertina, que incluyó Martín Lutero en su Catecismo Menor, empiezan con las palabras: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, y a estas palabras nos referimos con más frecuencia para establecer la doctrina de la santísima Trinidad.

El mandamiento que Jesús les da a los once no es primeramente “¡id!”, sino “haced discípulos”. Sin embargo, la suposición de Jesús sobre lo que les dice que hagan no sucederá a menos de que vayan a la gente. Cuando nos aplicamos estas palabras a nosotros, naturalmente debemos incluir el apoyo a la obra misionera local y extranjera. Al mismo tiempo, no pasemos por alto que esa obra comienza en el hogar, con la familia. La responsabilidad que Dios les da a los padres es criar a sus hijos en el temor del Señor. Lo hacemos llevándolos a la iglesia para bautizarlos y enseñándoles. Si cada familia toma esta responsabilidad en serio, la obra evangelística de la iglesia estaría hecha en gran parte.

Mateo quiere que escuchemos un eco de Isaías 9:1, 2, la profecía que citó en el capítulo 4 cuando Jesús comenzaba su ministerio público. La referencia a “Galilea de los gentiles” (Mateo 4:15) corresponde a “todas las naciones” en la gran comisión. En hebreo y en griego, “las naciones” son los gentiles. Cuando Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán, usó la palabra Heiden, que significa “paganos”. Aunque todos los once eran judíos, debían les predicar el evangelio a judíos y gentiles, para cumplir la antigua promesa que Dios le hizo a Abram: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Es significativo que Jesús dijo estas palabras en Galilea, donde judíos y gentiles estuvieron en contacto frecuente durante siglos. (Por eso Isaías la llamó “Galilea de los gentiles”).

Juan el Bautista preparó el camino de Jesús “predicando el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (Marcos 1:4). Jesús comenzó su ministerio público yendo a Juan para ser bautizado. Jesús le dijo a Nicodemo: “El que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Y los discípulos de Jesús también les administraron el bautismo a los que querían ser discípulos de él (Juan 4:1, 2). Entonces ahora, cuando Jesús los comisiona para hacer discípulos de entre los gentiles bautizándolos, no es completamente nuevo para ellos. Pero lo nuevo es que el bautismo ha sido transformado por la muerte y resurrección de Jesús. El apóstol Pablo lo explica con gran detalle en Romanos 6:1–5.

Jesús dice: “Enseñándoles que guardar todas las cosas que os he mandado”. Eso significa que debemos predicar todo el mensaje de Jesús sin avergonzarnos y sin ceder nada; no le debemos añadir ni quitar (Apocalipsis 22:18, 19).

Mateo pone estas palabras al final de su evangelio y parece que quiere decir que una buena manera de “guardar todas las cosas que os he mandado” es volviendo a leer este evangelio. Nadie puede agotar la riqueza de este libro la primera vez que lo lee. Ahora que hemos llegado al final, podemos volver al principio y ver nuevas cosas en los primeros capítulos que no notamos la primera vez. Y al hacerlo, tenemos la preciosa promesa de Jesús: “Y yo estoy con vosotros todos los días.” ¿Escucha el eco del primer capítulo? ¡Emanuel le está hablando!

Fuente: G. Jerome Albrecht y Michael J. Albrecht, Mateo, ed. John A. Braun, Armin J. Panning, y Curtis A. Jahn, La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2002), 422–426.

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