Hay un refrán en la película Born Free [Nacido libre] que se toma como axioma: Born free, and life is worth living [He nacido libre, por lo tanto vale la pena vivir]. ¿Será cierto eso? Piénselo. ¿No es el que se cree libre el que se deja llevar por los excesos? Y esos excesos, ¿no son los que producen la esclavitud a las drogas, al alcoholismo, a los desvíos sexuales?

¡Qué irónico! Por un lado nos declaramos seres totalmente libres con independencia y capacidad para hacer lo que nos dé la gana. A la vez, esa misma libertad nos lleva a un cautiverio despiadado. Luego clamamos a Dios para que nos libre del problema causado por nuestras propias decisiones. Irónico, porque acudimos a Él aun cuando declaramos que no debe inmiscuirse en nuestras decisiones, y que no debe entrometerse en nuestro libre albedrío. ¡Gracias a Dios que Él no se sujeta a nuestras doctrinas!
Recuerdo una reunión de pastores en la que uno de ellos se levantó para decir: «El concepto más precioso que la Biblia enseña desde Génesis a Apocalipsis es que tenemos libre albedrío». Le pedí al pastor que me diera una cita bíblica para corroborar lo que decía. Se quedó mudo. Por fin habló de la decisión de Adán y Eva en el huerto en cuanto a comer el fruto prohibido. «Buena respuesta», le dije, «pero extraes el concepto del libre albedrío de una acción de ellos, no porque les fuera dado como una enseñanza directa». Luego nos referimos a Lucas 6:45, donde Jesús trata el tema de nuestra libertad moral: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo. Es decir, somos libres para actuar de acuerdo con lo que somos —tan libres para actuar como Adán y Eva cuando comieron de la fruta.
Al ver las decisiones tomadas por los personajes de la Biblia concluimos correctamente que el hombre tiene libre albedrío. El gran problema no está en la libertad para actuar, sino en la habilidad que tiene para cambiar de lo que es. Expliquémoslo. Jesús dijo:
O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas (Mateo 12:33–35).
Acerca de esta naturaleza humana, Hodge afirma:8 La habilidad consiste en el poder de la persona para cambiar su estado subjetivo, de hacerse preferir lo que no prefiere, de actuar en una situación de manera opuesta a los deseos y preferencias coexistentes en su corazón. Por tanto, el hombre es tan libre ahora como lo fue antes de la caída, ya que escoge y decide lo que agrada a su corazón. Sin embargo, ha perdido toda su habilidad para obedecer la ley de Dios, porque su corazón pecaminoso no está sujeto a esa ley, y la persona no tiene la habilidad para cambiarlo.
Cierto es que el libre albedrío es un concepto importante para nosotros, y que se enseña claramente en la Biblia. Es el producto de tres funciones independientes de nuestro ser: (1) lo intelectual (mente que razona), (2) lo emocional (los deseos que nos mueven), y (3) lo volitivo (que actúa en base a lo que se piensa y se desea).9 Cuando vemos hasta qué punto tan calamitoso nos puede llevar esa voluntad, sin embargo, es que ponemos en duda que sea el concepto más precioso en cuanto al hombre que la Palabra de Dios presenta.
Como indica A.A. Hodge:10 «Un hombre con su albedrío es libre, es decir, siempre ejerce su voluntad de acuerdo a la disposición o deseo que le mueve en el momento preciso en que decide. Esta es la libertad suprema que tiene, la que armoniza con su raciocinio y responsabilidad moral». Repetimos: el gran problema que tiene el hombre no está en el área de su libre albedrío, sino en la habilidad personal que tiene para cambiar lo que es en su naturaleza y lo que desea en su corazón. Por ejemplo, el alcohólico tiene libre albedrío. Puede escoger lo que quiere. El problema es que lo que más quiere es alcohol. Igualmente el pecador tiene libre albedrío para escoger, pero como está esclavizado por el pecado, lo que más quiere es eso precisamente, el pecado. Es por ello que la Biblia señala: No hay quien busque a Dios [prefiere buscar el pecado que le satisfaga]… no hay quien haga lo bueno [le encanta más pecar], no hay ni siquiera uno [todo el mundo prefiere el pecado a Dios] (Romanos 3:10–18). Esto se puede comprobar fácilmente… cuando en las iglesias se adora a Dios, ¿cuánta gente en nuestras ciudades se levantan con gusto para ir a la iglesia? Cuando en un sábado por lo noche se ofrece una campaña evangelística, ¿cuántos en las grandes metrópolis abandonan los bares, clubes, y centros nocturnos para llenar una iglesia?
FUENTE: Leslie Thompson, Más que maravilloso: La inmensurable persona de Dios (Miami, FL: Logoi, 2000), 225–227.
8 A.A. Hodge, Outlines of theology, Zondervan, Grand Rapids, Michigan, 1979, p. 289.
9 Ibid., p. 281.
10 Ibid., p. 282.











