DEFINICIÓN 1
De lo que la Biblia enseña acerca de la contingencia, queda claro que en asuntos terrenales nosotros podemos libremente tomar decisiones, y que las cosas tienen resultados distintos, como consecuencia de nuestras decisiones. Nosotros no somos títeres controlados por un titiritero experto en el cielo. Nosotros no somos robots complejos programados por Dios para actuar y comportarse en cierta manera. Nosotros somos libres; somos seres autodeterminantes. Tenemos el libre albedrío en asuntos terrenales.

Pero no nacemos con un libre albedrío en asuntos espirituales. Por naturaleza somos esclavos del pecado y no podemos hacer nada sino pecar; nosotros no tenemos opción. Por nuestro propio poder, no somos capaces de hacer ninguna decisión que sea: buena, correcta o santa. De acuerdo con nuestra naturaleza pecaminosa, nosotros somos prisioneros de la ley del pecado que obra en nuestros miembros (Romanos 7:23). Nosotros nacimos cautivos del diablo y de su voluntad (2 Timoteo 2:26). Es sólo en Cristo y en el evangelio que nosotros somos verdaderamente libres. Pablo dijo: “La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). Ya que somos nuevas creaciones en Cristo dejamos de ser esclavos del pecado y del diablo. Ahora mientras vivimos bajo la libertad del evangelio, de acuerdo con el nuevo hombre, nosotros libremente y gozosamente servimos a nuestro Señor (Efesios 4:24). Pablo escribió a los corintios: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Ahora nosotros somos verdaderamente libres: libres para hacer la voluntad del Señor, libres para hacer aquellas cosas que le agradan y libres para servir a los demás.
FUENTE: Mark J. Lenz, La providencia de Dios: Él te cuida, ed. Curtis A. Jahn, trad. Clariza Schroer, Enseñanzas de la Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2007), 104–105.
DEFINICIÓN 2
La Biblia también tiene algo que decir acerca de lo que ya no es libre: la voluntad del hombre.
Dios había creado a nuestros primeros padres con libre albedrío en todas las áreas de la vida. Su libre voluntad estaba en perfecta armonía con la voluntad de su Creador. Tenían la opción de elegir entre obedecer a Dios y quebrantar sus mandamientos. Pero esto cambió después de la caída. Ya no podrían elegir ser creyentes en Dios y seguir sus mandamientos, en una forma agradable a él. Murieron espiritualmente y, por consecuencia, ya no podrían por su propia voluntad tomar decisiones que agradaran a Dios. Cual fue el caso de Adán y Eva, después de su pecado, es el caso hoy en día de todo el mundo, antes de ser convertidos (ver Efesios 2:1).
Muchos sostienen que todas las personas tienen por naturaleza por lo menos una chispa de vida espiritual dentro de ellas. Se imaginan que pueden conscientemente llegar a ser cristianos o al menos aportar algo a su conversión. Para aquellos que creen que por su propia voluntad han tomado la decisión por Cristo, Jesús les recuerda: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae” (Juan 6:44).
Es cierto que en cuestiones terrenales la gente tiene libre albedrío hasta cierto punto: qué comer y vestir, dónde vivir, qué tipo de trabajo realizar. Pero debido a la naturaleza pecaminosa, nadie tiene la libre voluntad de hacerse creyente en Cristo. En asuntos espirituales, Dios hace la elección y el llamado. Es por eso que confesamos en la explicación de Lutero al Tercer Artículo del Credo Apostólico: “Creo que por mi propia razón o elección no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acercarme a él. Sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el evangelio.”
Una vez que la conversión se ha producido, Dios le da al cristiano la voluntad, es decir, el deseo de obedecer las enseñanzas que él ha revelado en la Biblia. Las Escrituras dicen: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).
Si alguien se imagina que tiene libertad espiritual y no es creyente en la palabra de Dios, se engaña a él mismo. Si alguien está buscando la libertad que libera de verdad, la hallará en las páginas de las Sagradas Escrituras. Sólo ahí ha sido revelada la verdadera libertad.
FUENTE: William E. Fischer, La Libertad Cristiana: Cristo nos hace libres, ed. Curtis A. Jahn, trad. Gustavo Leal, Enseñanzas de la Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2009), 18–19.











