Autor
El escritor de este corto pero espléndido libro se identifica a sí mismo sólo como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo”. Fue un cristiano judío que vivió en el siglo I d.C., y su nombre en hebreo es en realidad el mismo nombre del nieto de Abraham, Jacob (en hebreo: Ya’akov). En el Nuevo Testamento griego, ese nombre aparece como Iakobos. Mientras el nombre se abría paso entre los idiomas modernos, tuvo muchos cambios de pronunciación y ortografía: Jacques, Iago, Jaime, Giacomo. De alguna forma al llegar al español, Iakobos se transformó en dos formas, “Jacobo” y “Santiago”.
Ahora, ¿cuál de los hombres que llevan el nombre de Jacobo en el Nuevo Testamento es el autor? El Señor Jesús tenía dos apóstoles con ese nombre; el más famoso era el hijo de Zebedeo y Salomé, el hermano de Juan que era pescador, uno de los “hijos del trueno”. Se destacó durante el ministerio de Jesús, pero sufrió el martirio bajo Herodes Agripa I en el año 44 d.C. (Hechos 12:2). El otro discípulo de Jesús con nombre de Jacobo, apodado “el menor”, fue hijo de Alfeo y María. Ni los cuatro Evangelios ni el libro de Hechos mencionan nada que él hubiera dicho o hecho. En realidad, su madre es más famosa que él: estuvo presente en la crucifixión y en el descubrimiento de la tumba vacía. Hay un tercer Jacobo, el padre del apóstol Tadeo (o Judas, pero no Judas Iscariote), pero de él se conoce aún menos. Ninguno de estos tres hombres parece buen candidato para ser el autor de la epístola.
El escritor de la epístola bíblica no debe ser otro que Jacobo, el medio hermano de Jesús (Mateo 13:55; Marcos 6:3). Y como se ha mencionado primero en las dos ocasiones en que se da una lista de los otros cuatro hermanos, se piensa por lo general que sea el mayor de los cuatro. Él y sus hermanos, incluyendo a Judas, no creyeron en Jesús como el Mesías durante el ministerio público de Jesús (Juan 7:5); pensaban que estaba “fuera de sí” (Marcos 3:21), e interfirieron en su ministerio (Mateo 12:46; Juan 7:3, 4). Después de encontrar resistencia a sus enseñanzas en Nazaret, Jesús comentó con tristeza: “No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa” (Mateo 13:57). Tal vez por esto Jesús, desde la cruz, le encomendó su madre a su discípulo Juan y no a uno de sus propios hermanos.
La resurrección de Jesús cambió todo esto. Jesús le dio a su hermano Jacobo, en privado, la novena de sus 11 preciosas apariciones después de su resurrección (1 Corintios 15:7); tal vez fue entonces cuando Jacobo llegó a la fe. Después de la ascensión, Jacobo estaba con su madre y sus hermanos orando, esperando el prometido Espíritu Santo (Hechos 1:14). Los hermanos se hicieron activos en el ministerio de la predicación y, a diferencia de Pablo, estaban casados (1 Corintios 9:5) y llevaron a sus esposas en los viajes relacionados con su ministerio. Pronto se reconocieron las capacidades de liderazgo y la energía de Jacobo, y durante los años 30 d.C. ocupó un lugar entre los principales apóstoles como una de las “columnas” (Gálatas 2:9). Cuando Pablo se convirtió, fue a Jerusalén después de tres años y habló sólo con Pedro y Jacobo, “el hermano del Señor” (Gálatas 1:19).
Los otros apóstoles permanecieron en Jerusalén por un tiempo, aun durante las primeras persecuciones (Hechos 8:1), pero finalmente realizaron varios viajes misioneros. Parece que Jacobo permaneció en Jerusalén toda su vida. Con el tiempo se le reconoció como la cabeza de la iglesia de Jerusalén. Por ejemplo, cuando Pedro escapó por milagro de la prisión, al parecer tuvo que esconderse, pero les dio estas instrucciones a sus amigos: “Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos” (Hechos 12:17). Cuando se cuestionó la legitimidad del ministerio de Pablo a los gentiles, la “diestra en señal de compañerismo” que Jacobo le dio, junto con Pedro y Juan, trajo armonía (Gálatas 2:9). Eusebio, el historiador de la iglesia del siglo III, incluso llamó a Jacobo “Obispo de Jerusalén”.
Durante los años 40 d.C., una hambruna que se hubo en la región oriental del Mediterráneo les produjo gran sufrimiento a los habitantes de Judea, y por años las congregaciones más nuevas y remotas reunieron fondos para ayudar a las víctimas del hambre en la iglesia madre. Es probable que Jacobo haya escrito la epístola en esos años y, si fue así, su carta es el libro más antiguo del Nuevo Testamento.
Alrededor del año 49 d.C., hubo una gran convocación en Jerusalén para tratar la integración de los nuevos creyentes gentiles a las congregaciones cristianas judías (Hechos 15). Pedro, Bernabé y Pablo informaron sobre las maravillas que Dios estaba haciendo entre los gentiles, pero algunos de los hermanos que no habían dejado por completo su pasado fariseo quisieron insistir en imponer todas las leyes ceremoniales de Moisés del Antiguo Testamento, incluyendo las leyes alimenticias y la circuncisión. Jacobo fue el último en hablar, y sus palabras serenas y llenas de autoridad resolvieron el asunto. Muchos piensan que Jacobo haya sido el que redactó la carta que se les escribió a los creyentes de Antioquía (Hechos 15:23–29).
Más o menos en el año 57 d.C., Pablo regresó a Jerusalén después de su tercer viaje misionero. De inmediato buscó a Jacobo y a los ancianos (Hechos 21:18). Ellos le aconsejaron que mostrara respeto por la ley judía y por las costumbres judías asistiendo al Templo con un voto nazareo (Números 6:1–21), pero pronto la presencia de Pablo provocó disturbios que ocasionaron su encarcelamiento por largo tiempo (Hechos 21:27).
A pesar de la firme lealtad de Jacobo a su herencia judía, también era odiado. Evidentemente, lo único que impidió que sufriera una suerte similar a la de Pablo durante esos años fue la protección que le dio el gobernador romano Festo. El historiador judío romano del siglo I, Flavio Josefo, escribió que después de la muerte de Festo en el año 62 d.C., el sumo sacerdote Anano II y el sanedrín hicieron que Jacobo muriera apedreado. El emperador romano, Albino, estaba tan indignado por ese acto claramente ilegal que hizo destituir a Anano. Así terminó el ministerio de Jacobo de Jerusalén, el hermano de nuestro Señor. Desde este punto, Jacobo se llama “Santiago”, otra versión de su nombre en español.
Destinatarios
Santiago les escribe “a las doce tribus que están en la dispersión” (1:1). Como se mencionó antes, parece que Santiago permaneció en Jerusalén toda su vida en lugar de hacer viajes misioneros. Las personas a quienes les escribió no eran miembros de una congregación que él hubiera fundado, sino más bien cristianos judíos que vivían fuera de Judea, más allá de su alcance para enseñar e influir en forma personal y directa. A Santiago se le reconoció desde el principio como un creyente dedicado y talentoso, y mientras adquiría importancia, tuvo un ministerio especial para cristianos de orígenes judíos (las “doce tribus”). Escribe con confianza tranquila, seguro de su propia autoridad y sin tener miedo de cuestionar, reprender ni ordenar.
Durante siglos hubo comunidades judías fuera de Palestina. Algunos de esos judíos se adaptaron finalmente a la cultura mayoritaria, pero muchos no. Conservaron sus sinagogas, sus escrituras sagradas y su forma de vida lo mejor que pudieron. Josefo escribió: “No hay ciudad, ni tribu, ya sea griega o bárbara, en donde la ley judía y las costumbres judías no se hayan arraigado.” Había comunidades judías en el este debido a las deportaciones asirias y babilonias en los siglos VIII y VI a.C. Al norte los reyes griegos sirios, los Seléucidas, habían usado a los judíos para establecer ciudades griegas en su región. Al sur, los reyes griegos egipcios, los Tolomeos, habían les dado la bienvenida a los judíos, en el desarrollo de una gran ciudad en el delta del Nilo, Alejandría. En el siglo I, la población de Alejandría pudo haber alcanzado un millón, y los judíos ocuparon la parte del noreste. En esa próspera comunidad judía se produjo la Septuaginta, es decir, la traducción más ampliamente respetada y usada de las Escrituras del Antiguo Testamento al griego. Había comunidades distintas de judíos también en otros lugares en el norte de África, tales como Cirene (la actual Libia). Cuando Palestina se anexó al Imperio Romano en el 63 a.C., muchos judíos decidieron trasladarse al occidente por motivos comerciales, políticos y económicos.
Esas comunidades judías nunca olvidaron a la madre Jerusalén y conservaron los vínculos con ella. Sin duda, muchas de las “naciones unidas” en la multitud en el día de Pentecostés eran visitantes de fuera de la ciudad. Mientras la nueva iglesia creció fuera de Jerusalén, al principio siguió naturalmente las líneas culturales existentes; los cristianos judíos evangelizaron a otros judíos. Por supuesto, Pablo siempre llegó primero a las sinagogas de las ciudades en sus viajes misioneros. La persecución contra los cristianos apresuró la dispersión de los judíos (algunas veces llamada la diáspora); Hechos capítulo 8 nos dice que la muerte de Esteban desencadenó una persecución tan severa que Jerusalén casi se quedó sin cristianos. Santiago pensó que tenía una responsabilidad para con esos cristianos judíos no palestinos, y les dirigió a ellos esta epístola. La idea fue tal vez que copiaran la carta, la volverían a copiar y la enviaran a otras sinagogas cristianas.
Fecha
Parece que la epístola de Santiago se escribió a mediados de los años 40 d.C. No se hace en ella mención de la gran controversia que surgió a finales de los 40. La vida de la congregación es sencilla y todavía se llama sinagoga, con los “ancianos” y los “maestros”. Su sabor y sus destinatarios son totalmente judíos, lo que sugiere con fuerza que se trataba de la vida antes de la gran afluencia de gentiles que se describe en Hechos capítulo 11 y en los capítulos siguientes.
Ocasión
Santiago no escribe casi nada de doctrina cristiana básica: supone que sus lectores ya conocen los hechos poderosos y salvadores de Dios en beneficio de su pueblo. El nombre de Cristo se menciona sólo dos veces, brevemente. La Epístola de Santiago no está preocupada por el evangelismo ni por las dificultades de adaptarse a la vida espiritual con los gentiles. Más bien, es un ensayo brillante sobre la vida cristiana. Es un ataque enérgico en contra de la fe fingida, que es la que existe sólo en la cabeza y en la boca y no en el corazón ni en las manos. A Santiago no le agradaba la idea de la gracia barata, de pocas esperanzas, de vida descuidada, una cristiandad sólo teórica. Quería una fe real para una vida real. Sabía que Dios quería ver la fe activa, la fe que obra. Así como hizo su hermano Judas, escribió contra personas que convirtieron el evangelio en libertinaje. Santiago desafía a sus lectores a permitir que su fe sea visible en la forma en que tratan a otras personas.
Estilo
Santiago escribe con autoridad serena. Es franco, seguro y directo. No trata de teoría, sólo emite un mandato tras otro. No hay palabras de alabanza, sólo palabras estimulantes de instrucción sobre cómo la fe real produce frutos reales. Éstas no son las palabras de un carpintero inculto; su griego es bueno, y su vocabulario es amplio. Le encanta usar lenguaje prosaico, con figuras basadas en la naturaleza: el mar, el viento, el sol, el césped, las flores, los caballos, los pájaros, las criaturas del mar, las fuentes, los higos, las aceitunas, los viñedos, la lluvia, el pastoreo.
La carta de Santiago es diferente de las otras epístolas del Nuevo Testamento, con excepción tal vez de la carta de su hermano Judas. Se parece mucho al estilo de enseñanza de su hermano Jesús. Esto no es sorprendente; después de todo, tuvieron la misma familia, la misma educación y 30 años de asociación cercana. Tal parece que hasta la madre de Jesús y los hermanos a veces viajaron con él durante su ministerio (Juan 2:12). En particular, la carta de Santiago suena como el sermón del monte (Mateo 5–7); le habla directamente al corazón acerca de llevar una vida santa. Como el profeta Amós (a quien Santiago citó en la asamblea de Jerusalén en Hechos 15:16–18), Santiago tiene palabras mordaces en contra de las injusticias sociales y la opresión. La estructura de este libro de Santiago es algo parecida a la del libro de Proverbios, refranes que no tienen una relación formal entre sí, que van de un tema a otro dando vueltas en lugar de seguir en una línea directa. Pero todo lo que dice Santiago, aunque parezca serpentear sin estructura formal, está relacionado estrechamente con su punto principal: La fe real produce obras buenas.
Bosquejo
Tema: Una fe real para una vida real
I. Saludos (1:1)
II. Pruebas y tentaciones (1:2–18)
III. Oidores y hacedores (1:19–27)
IV. Favoritismo y amor (2:1–13)
V. La fe muerta y la fe real (2:14–26)
VI. La lengua y la sabiduría (3:1–18)
VII. Sumisión y humildad (4:1–12)
VIII. Planes y prioridades (4:13–5:6)
IX. Paciencia y oración (5:7–20)
Fuente: Mark A. Jeske, Santiago, Pedro, Juan, Judas, La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2003), 3–9.












