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NATURALEZA DEL ESPÍRITU SANTO (parte 2)

Su carácter:

La comprensión de los apóstoles. Entre la realidad del Espíritu Santo como experiencia vivida por la comunidad de fe y los autores del Nuevo Testamento, que describen esa experiencia, se interpone una serie de símbolos o si se quiere, una serie de modos de expresar esa experiencia. Es decir que en el Nuevo Testamento, más que una constatación directa del Espíritu, lo que encontramos es qué significó el Espíritu para la comunidad de fe de los primeros cristianos. Los apóstoles nos dicen, con los símbolos y expresiones que usaron, qué significó para ellos el Espíritu. De allí que la riqueza de los símbolos y expresiones se deba a la riqueza del don del Espíritu y a la riqueza de la experiencia suscitada por el don de ese Espíritu.

Según Gálatas 3:1–5, el Espíritu Santo fue experimentado por la comunidad de fe de una manera radical y palmaria. Él fue experimentado como una persona real y auténtica por la comunidad de fe. Los primeros cristianos no abrigaron dudas en cuanto a la realidad de la experiencia del Espíritu y su impacto poderoso en sus vidas. Los creyentes sintieron también la presencia del Espíritu en sus vivencias colectivas. No obstante, no parecen haber tenido muy claro cuándo fue que el Espíritu Santo comenzó a operar en los creyentes. Según el apóstol Juan, esta experiencia de la persona y del carácter del Espíritu ocurrió a partir del día mismo de la Pascua de resurrección (Jn. 20:19–23). En cambio, Lucas interpone entre la Pascua y Pentecostés un espacio temporal de cuarenta días y ubica la irrupción del Espíritu sobre la comunidad de creyentes en el día de Pentecostés (Hechos 2). Los primeros creyentes compartían la realidad de la vivencia del Espíritu como algo que comenzó a ocurrir con posterioridad a la resurrección del Señor, pero no coincidían en el momento de su derramamiento. Aunque parezca duro admitirlo, esta discrepancia nos muestra que los primeros cristianos no sabían exactamente cuándo fue dado el Espíritu. No hay dudas en cuanto a la certidumbre de aquellos cristianos de que el Espíritu Santo estaba en medio de ellos y en ellos, y que esa experiencia era el resultado de la muerte y resurrección del Señor. Pero no tenían muy claro cuándo exactamente el Espíritu descendió sobre los fieles.

Charles K. Barrett: “La existencia de tradiciones diferentes sobre el Don Básico del Espíritu no debe llamar la atención. Es probable que para los primeros cristianos la resurrección de Jesús, sus apariciones a esos mismos discípulos, su exaltación—de cualquier modo que se la entienda—y el Don del Espíritu Santo, aparecerían como una única experiencia que solamente en un segundo momento pudo ser descrita en sus elementos e incidentes, vistos como separados.”399

Sea como fuere, a través de la riqueza de su lenguaje simbólico y las imágenes o expresiones antropomórficas que a veces utiliza, el Nuevo Testamento nos muestra al Espíritu Santo como una persona con una personalidad definida.

Nuestra comprensión hoy. No debemos quedarnos solamente preguntándonos qué significó el Espíritu Santo para los apóstoles y los primeros cristianos, sino que debemos procurar entender qué significa el Espíritu Santo en su carácter para nosotros hoy. Para ello, la comprensión que tengamos de los símbolos y expresiones utilizados en el Nuevo Testamento para referirse al Espíritu nos puede ser de gran ayuda.

La primera pregunta, pues, en el proceso de esta comprensión debe ser ¿cómo vieron los primeros testigos el don del Espíritu? Pero ésta no debe ser la última pregunta, porque no podemos quedarnos con ella como si esto fuese todo. Los primeros cristianos trataron de expresar sus experiencias del Espíritu a partir de su cosmovisión y mentalidad. Ellos elaboraron sus símbolos y expresiones a partir del mundo en el que vivían. Ahora, la visión del mundo que ellos tenían ya no es nuestra visión del mundo. Las personas en el siglo primero de nuestra era, incluidos los cristianos, tenían una visión mítica de la realidad, por lo menos en sus manifestaciones más conspicuas. Fue a partir de esta comprensión mítica que elaboraron los símbolos y el lenguaje para expresar la realidad de su experiencia del Espíritu. De allí que se nos hace necesario hacer una reelaboración simbólica en cuanto al Espíritu Santo, para poder expresar nuestra experiencia hoy de su persona y obra.

Lo menos adecuado que podemos hacer es seguir utilizando los símbolos que elaboraron los primeros cristianos, sin traducirlos a nuestra cosmovisión presente e ignorando su más profundo significado según la mentalidad del primer siglo. El peligro con esto es que el Espíritu Santo no llegue a significar nada para nosotros hoy. Otra posibilidad, que parece más adecuada, es procurar traducir los símbolos y expresiones del siglo primero según nuestra mentalidad de cristianos del siglo veintiuno. En otras palabras, los símbolos a través de los cuales se nos ha revelado el Espíritu Santo son símbolos de un mundo mítico y es nuestra tarea tratar de traducir las expresiones acerca del Espíritu Santo para hacerlas accesibles a la comprensión de las personas en el mundo de hoy, aun sabiendo que con ello corremos el riesgo de hacerles perder su riqueza.

Por encima de los símbolos, o mejor dicho, dentro de los símbolos hay en la comunidad primitiva sobre todo una experiencia auténtica y rica del Espíritu. El Espíritu Santo es una experiencia humana que literalmente se expresa como fuego o como voz interior o como agua viva que brota o como obstáculos que nos orientan. El Espíritu Santo no aparece tanto como quien viene de afuera hacia adentro, sino como alguien que, estando adentro, es expresado por el mundo de afuera.

Este conjunto de experiencias puede ser sintetizado, de la siguiente manera, tomando en cuenta la riqueza que nace precisamente del conjunto de las mismas:

1. La experiencia que la comunidad comparte de saberse redimida.
2. La experiencia de que a partir de Cristo la salvación se ofrece por igual a todas las personas sin distinción alguna, especialmente las de tipo racial y étnico, es decir, ya no hay una raza o etnia elegida.
3. La convicción de que estamos liberados de la ley y del pecado como signos del fracaso del ser humano.
4. La experiencia de que comenzamos formas de relaciones nuevas con Dios, ya que Dios es desde ahora el Padre de todos aquellos que son movidos por el Espíritu.
5. La experiencia de que la historia de la salvación llegó a su madurez y, en consecuencia, el mundo definitivo (el reino de Dios) ya ha comenzado con Cristo.
6. La experiencia de que cuando Jesús se entrega por los demás él hace plenos a todos, ya que su soplo de vida se halla en todos aquellos que creen en el Hijo de Dios.
7. La experiencia de que Dios actúa por medio de los signos de los tiempos y de que por medio de la fe hay que discernir esa presencia de Dios en el mundo, este mundo que por su ambigüedad religioso-pagana oculta y revela a Dios al mismo tiempo.
8. La convicción de que la comunidad de fe puede ser testigo de Cristo por medio de su amor y de su vida comunitaria.
9. La experiencia de la embriaguez del Espíritu es la experiencia que indica que Dios toma posesión del ser humano no cosificándolo, sino llevándolo a interpretar el mundo y la historia de una manera nueva. En otras palabras, no es Dios quien enajena al ser humano, sino quien le permite ver la realidad de todos los días con ojos más profundos.
10. La experiencia del cristiano que sabe que vive en la madurez de la historia de la salvación, y que por ello no le está permitido ningún tipo de infantilismo o irresponsabilidad.
11. La experiencia de quien sabe que está en el tiempo, pero siente que lo futuro está ya presente en el tiempo y comprende que el Espíritu Santo es la garantía (arras) de ese mundo eterno que está en medio del mundo caduco, no para destruirlo sino para darle un nuevo sentido.
12. La experiencia de la fecundidad de Dios en la historia del ser humano y en la historia del mundo.

Fuente: Pablo A. Deiros, El Espíritu Santo hoy, 1a ed., Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2010), 323–325.

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